Mucho ruido y pocas nueces (1993)





Film  Kenneth Branagh 
Comedia   William Shakespeare)

Acto Primero
Escena I
Delante de la casa de Leonato.
Entran LEONATO, HERO, BEATRIZ y otros personajes, con un MENSAJERO.
LEONATO.—Veo por esta carta que don Pedro de Aragón llega esta noche a Mesina.
MENSAJERO.—Debe de hallarse muy próximo, pues no estaba a tres leguas de aquí cuando le he dejado.
LEONATO.—¿Cuántos caballeros habéis perdido en esta acción?
MENSAJERO.—Sólo unos pocos de cierto rango, y ninguno de renombre.
LEONATO.—Una victoria vale por dos cuando el vencedor regresa al hogar con las filas completas. Hallo aquí que don Pedro ha colmado de honores a un florentino llamado Claudio.
MENSAJERO.—Muy merecidos por su parte y justamente otorgados por don Pedro. Ha superado las promesas de su edad, realizando bajo apariencias de cordero hazañas de león. Verdaderamente, ha superado las mejores esperanzas a un extremo que no esperéis pueda deciros cómo.
LEONATO.—Tiene aquí en Mesina un tío que se alegrará muchísimo al saberlo.
MENSAJERO.—Ya le he enviado unas cartas y ha mostrado sumo júbilo; a un grado tal que el gozo no pudo exteriorizarse con la moderación debida sin una marca de tristeza.
LEONATO.—¿Rompió a llorar, tal vez?
MENSAJERO.—Con gran abundancia.
LEONATO.—¡Un tierno desbordamiento de ternura! No hay rostros más leales que los que así se bañan en llanto. ¡Cuánto mejor es llorar de alegría que alegrarse del lloro!
BEATRIZ.—Por favor, el signior Mountanto ¿ha regresado de la guerra o no?
MENSAJERO.—No conozco a nadie así llamado, señora. Ninguna persona de viso había en el ejército con semejante nombre.
LEONATO.—¿Por quién preguntáis, sobrina?
HERO.—Se refiere mi prima al signior Benedicto de Padua.
MENSAJERO.—¡Oh! Ha regresado, y tan jovial como siempre.
BEATRIZ.—Fijó un cartel aquí en Mesina, retando a Cupido al arco; y el bufón de mi tío, al leer el reto, le contestó por Cupido y le desafió a la saetilla de cazar gorriones. Decidme, ¿a cuántos hombres ha dado muerte y se ha engullido en estas guerras? ¿A cuántos ha matado tan sólo? Porque, a la verdad, yo he prometido comerme todo lo que matara.
LEONATO.—A fe, sobrina, que tratáis con excesiva dureza al signior Benedicto; pero él se desquitará con vos, no lo dudo.
MENSAJERO.—Ha prestado buenos servicios en estas guerras, señora.
BEATRIZ.—Tendríais víveres rancios, y os ayudó a comerlos; es un valentísimo gastrónomo; posee un estómago excelente.
MENSAJERO.—Es también un buen soldado, señora.
BEATRIZ.—Un buen soldado ante una dama; pero ¿qué es frente a un caballero?
MENSAJERO.—Un caballero frente a un caballero, un hombre frente a un hombre, adornado con toda clase de honrosas virtudes.
BEATRIZ.—Eso es, efectivamente; no otra cosa sino un hombre adornado; mas, en cuanto al adorno... Bien, todos somos mortales.
LEONATO.—Señor, no toméis en mal sentido las palabras de mi sobrina. Hay una especie de guerra chistosa entre ella y el signior Benedicto. Jamás se encuentran sin que se entable entre ambos una escaramuza de ingeniosidades.
BEATRIZ.—¡Ay! Nada suele ganar en ello. En nuestra última contienda, cuatro de sus cinco sentidos salieron malparados, y ahora no le queda más que uno para el gobierno de todo su ser. Así que, si le resta ingenio bastante para mantenerse en calor, consérvelo, a fin de distinguirse de su caballo, por cuanto es el único atributo que le queda para pasar por una criatura racional. ¿Quién es ahora su compañero inseparable? Cada mes tiene uno nuevo, que jura ser hermano suyo.
MENSAJERO.—¿Es posible?
BEATRIZ.—Y tan posible. Lleva sus fieles amistades a la moda de su sombrero. Varía siempre a tenor del último figurín.
MENSAJERO.—Noto, señora, que el caballero no está en vuestros libros.
BEATRIZ.—No; si lo estuviese, quemaría mi biblioteca. Pero decidme, os ruego, ¿quién es su íntimo? ¿No hay ahora ningún joven quimerista que quiera hacer con él un viaje a los infiernos?
MENSAJERO.—Las más veces se acompaña del muy noble Claudio.
BEATRIZ.—¡Oh Dios! Se pegará a él como una epidemia. Se contagia con mayor celeridad que la peste; y el que la coge, inmediatamente se vuelve loco. Dios asista al noble Claudio. Si ha contraído la enfermedad Benedicto, le costará por lo menos un millar de libras el verse curado.
MENSAJERO.—¡Quiero ser de vuestros amigos, señora!
BEATRIZ.—Sedlo, buen amigo.
LEONATO.—¡Nunca perderéis el juicio, sobrina!
BEATRIZ.—No, mientras no haga calor en enero.
MENSAJERO.—Don Pedro se acerca.
Entran DON PEDRO, DON JUAN, CLAUDIO, BENEDICTO, BALTASAR y otros. 
DON PEDRO.—Querido signior Leonato, salís al encuentro de vuestra incomodidad. La costumbre del mundo es evitar gastos, y vos vais en busca de ellos.
LEONATO.—Jamás entró en mi casa la incomodidad en figura de vuestra gracia, pues cuando la incomodidad se marcha, el bienestar se queda; pero cuando vos me abandonáis, la tristeza permanece y la ventura es la que nos da su adiós.
DON PEDRO.—Aceptáis vuestra carga demasiado gustosamente. Supongo que será ésta vuestrahija.
LEONATO.—Muchas veces me lo dijo así su madre.
BENEDICTO.—¿Lo dudabais, señor, cuando se lo preguntasteis?
LEONATO.—No, señor Benedicto, pues erais un niño entonces.
DON PEDRO.—Volved por otra, Benedicto. De aquí conjeturamos lo que sois, siendo ya un hombre. En verdad, la hija no desmiente al padre. Sed feliz, señora, ya que os parecéis a un padre tan honrado.
BENEDICTO.—Si el signior Leonato es su padre, no quisiera ella por toda Mesina llevar su cabeza sobre sus hombros, por mucho que se le asemeje.
BEATRIZ.—Me asombra que sigáis hablando todavía, signior Benedicto. Nadie repara en vos.
BENEDICTO.—¡Cómo! Mi querida señora Desdén, ¿vivís aún?
BEATRIZ.—¿Es posible que muera el Desdén, cuando puede cebarse en tan buen pasto como el signior Benedicto? La propia galantería se trocara en desdén si estuvierais vos en su presencia.
BENEDICTO.—Fuera entonces la galantería una renegada. Pero lo cierto es que todas las damas se prendan de mí, exceptuada solamente vos; y quisiera hallar en mi corazón que mi corazón no fuera tan duro; porque, a la verdad, no amo a ninguna.
BEATRIZ.—¡Qué incalculable dicha para las mujeres! De otra manera se verían importunadas por un pretendiente enojoso. Gracias a Dios y a mi temperamento frío, soy en eso del mismo parecer que vos. Prefiero oír a mi perro ladrar a un grajo que a un hombre jurar que me adora.
BENEDICTO.—Dios mantenga siempre a vuestra señoría en esa disposición de ánimo. Así se verá libre uno u otro caballero de los infalibles arañazos en la cara.
BEATRIZ.—Si fuese una cara como la vuestra no podrían afearla los arañazos.
BENEDICTO.—Bien, sois una extraordinaria adiestraloros.
BEATRIZ.—Más vale un ave con mi lengua que un animal con la vuestra.
BENEDICTO.—Así marchase mi caballo con la rapidez de vuestra lengua y mantuviese tan bien el aliento. Pero seguid vuestro camino, en nombre de Dios; he terminado.
BEATRIZ.—Siempre acabáis con un par de coces. Os conozco de antiguo.
DON PEDRO.—He aquí el resumen de todo, Leonato: signior Claudio y vos, signior Benedicto, mi querido amigo Leonato nos invita a todos. Le he comunicado que nos quedaremos aquí un mes cuando menos y él desea cordialmente que algún acontecimiento prolongue nuestra estancia. Me atrevo a afirmar que no es hipócrita, sino que lo desea de corazón.
LEONATO.—Si lo jurarais, señor, no juraríais en falso. (A DON JUAN.) Permitidme que os dé la bienvenida, señor. Habiéndoos reconciliado con el príncipe vuestro hermano, os debo toda clase de atenciones.
DON JUAN.—Os lo agradezco. No soy hombre de muchas palabras, pero os lo agradezco.
LEONATO.—¿Place a vuestra gracia pasar el primero?
DON PEDRO.—Vuestra mano, Leonato; pasaremos a la vez.
Salen todos, menos BENEDICTO y CLAUDIO.
CLAUDIO.—Benedicto, ¿has reparado en la hija del signior Leonato?
BENEDICTO.—No he reparado en ella, pero la he mirado.
CLAUDIO.—¿No es una damita ingenua?
BENEDICTO.—¿Me preguntáis, como hombre honrado, mi parecer franco y sencillo, o queréis que os responda según mi costumbre, como enemigo declarado de su sexo?
CLAUDIO.—No, te ruego que me contestes con juicio sensato.
BENEDICTO.—Pues, a fe, se me antoja demasiado bajita para un alto elogio, demasiado morena para un claro elogio y harto diminuta para un elogio grande. Sólo puedo hacer de ella la siguiente recomendación: que si fuera otra de la que es, sería fea, y que no siendo sino como es, no me gusta.
CLAUDIO.—Piensas que estoy de broma. Te suplico me digas con franqueza lo que te parece.
BENEDICTO.—¿Queréis comprarla, que tomáis tantos informes de ella?
CLAUDIO.—¿Podría el mundo comprar semejante joya?
BENEDICTO.—Ya lo creo, y un estuche para encerrarla. Pero ¿habláis en tono serio, o representáis el burlón Jack, para contarnos que Cupido es un buen cazador de liebres y Vulcano un insigne carpintero? Vamos, ¿en qué clave hay que cantar para ir acorde con la canción?
CLAUDIO.—A mis ojos es la más encantadora dama que vi jamás.
BENEDICTO.—Yo veo todavía sin anteojos, y no advierto semejantes hechizos. He ahí a su prima, que, a no hallarse poseída de la cólera, la superaría en hermosura tanto como el primer día de mayo al último de diciembre. Mas espero que no intentaréis convertiros en marido, ¿no es eso?
CLAUDIO.—No respondería de mí, aunque hubiese jurado lo contrario, si Hero consintiese en ser mi esposa.
BENEDICTO.—¿Ésas tenemos? ¡Por mi fe! ¿No habrá en el mundo un solo hombre que no quiera llevar su gorra de un modo sospechoso? ¿No lograré ver nunca un solterón de sesenta años? ¡Adelante, por vida mía! Puesto que te empeñas en doblar tu cuello al yugo, ostenta la marca y pasa los domingos suspirando. Mirad, don Pedro vuelve en busca vuestra.
Vuelve a entrar DON PEDRO.
DON PEDRO.—¿Qué secreto os detiene aquí que no habéis acompañado a Leonato a su casa?
BENEDICTO.—Quisiera que vuestra alteza me constriñese a hablar.
DON PEDRO.—Te lo ordeno por tu obediencia de súbdito.
BENEDICTO.—Ya lo oís, conde Claudio. Puedo guardar un secreto como un mudo; estad convencido de ello. Pero la obediencia... Fijaos bien; se trata de la obediencia... Está enamorado. ¿De quién? Eso es lo que debe preguntarme ahora vuestra gracia. Advertid cuán breve es la respuesta: de Hero, la hija menor de Leonato.
CLAUDIO.—Si así fuera, así se diría.
BENEDICTO.—Como el viejo cuento, señor: «Ni es así, ni así fue; empero, a la verdad, no permita Dios que así sea».
CLAUDIO.—Si mi pasión no cambia pronto, no quiera Dios que sea de otra manera.
DON PEDRO.—Amén, si la amáis, que la dama es muy digna de ello.
CLAUDIO.—Habláis así para sondearme, señor.
DON PEDRO.—Por mi honor, que expreso mi pensamiento.
CLAUDIO.—Pues a fe mía, señor, que hago otro tanto.
BENEDICTO.—Y por mi doble honor y fe, señor, que os imito.
CLAUDIO.—Que la amo es lo que sé.
DON PEDRO.—Que es digna de ello, me consta.
BENEDICTO.—Pues yo ni sé cómo se la pueda amar, ni me consta que sea digna de que se la ame. Ésta es mi opinión, de que no haría desdecirme el fuego. Me dejaría morir en el brasero por ella.
DON PEDRO.—Tú siempre fuiste un hereje obstinado en negar culto a la hermosura.
CLAUDIO.—Y jamás pudo sostener su papel sino violentando su voluntad.
BENEDICTO.—Que me haya concebido una mujer, es cosa que le agradezco; que me haya criado, también es cosa por la cual le doy mis más humildes gracias; pero que sobre mi cabeza resuene una cadencia de cuerno de montería, o que mi bugle cuelgue de un invisible cinturón, que todas las mujeres me perdonen. Porque no quiero hacerles la injusticia de desconfiar de alguna de ellas, me reservo el derecho de no fiarme de ninguna. Y por último —y esto será lo más conveniente para mí—, me propongo vivir soltero.
DON PEDRO.—Antes de morir, he de verte palidecer de amor.
BENEDICTO.—Me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre, señor; pero no de amor. Si me demostráis alguna vez que el amor me ha quitado más sangre de la que pueda recobrar con la bebida, sacadme los ojos con la pluma de un coplero y colgadme a la puerta de un burdel como signo del ciego Cupido.
DON PEDRO.—Bien; pues si no quebrantas esa fe, proporcionarás un lindo tema de discurso.
BENEDICTO.—Si la quebranto, colgadme en una botella como a un gato y tirad al blanco sobre mí; y al que me acertare, dadle una palmada en el hombro y llamadle Adán.
DON PEDRO.—Bien, como aventura el tiempo:
Tiempo llegará en que el toro salvajese entregue al yugo.
BENEDICTO.—El toro salvaje puede; pero si el prudente Benedicto se entregara, arrancadle los cuernos al toro e incrustádmelos en la frente; y que me retrate luego un pintor de brocha gorda; y tal como suele escribirse en gruesos caracteres: «Aquí se alquila un buen caballo», poned debajo de mi efigie: «Aquí podéis ver a Benedicto, el hombre casado».
CLAUDIO.—Si la ocasión llega, serás un cornudo furioso.
DON PEDRO.—Pues si Cupido no ha vaciado por completo su aljaba en Venecia, prepárate a temblar.
BENEDICTO.—Antes temblará la tierra.
DON PEDRO.—Bien, contemporizad con las horas. En el ínterin, apreciado signior Benedicto, entrad en casa de Leonato, saludadle en mi nombre y decidle que no faltaré a la cena, ya que, verdaderamente, ha hecho grandes preparativos.
BENEDICTO.—Aún me siento capaz de desempeñar esa embajada; y así os encomiendo...
CLAUDIO.—Al amparo de Dios. De mi casa, si la tuviese...
DON PEDRO.—A seis de julio. Vuestro afectísimo amigo Benedicto.
BENEDICTO.—Vaya, no os burléis, no os burléis. La tela de vuestro discurso suele estar a veces bastante mal tejida y a trozos descubre la hilaza. Antes de acudir a viejas fórmulas, haced examen de conciencia. Y con esto me despido. (Sale.) 
CLAUDIO.—Mi soberano, ahora podría vuestra alteza hacedme una merced.
DON PEDRO.—Tuyo es mi afecto para ordenar; enséñale, y verás con qué facilidad aprende las lecciones, por difíciles que sean, como se trate de tu bien.
CLAUDIO.—¿Tiene Leonato algún hijo, señor?
DON PEDRO.—Sólo tiene a Hero, su única heredera. ¿Es que la amas, Claudio?
CLAUDIO.—¡Oh señor! Cuando partisteis para esta última guerra, la contemplé con ojos de soldado y me agradó; mas hallábame ocupado en rudas empresas para entretenerme siquiera con el nombre de amor. Ahora que ya he regresado y que los pensamientos guerreros han dejado vacantes sus plazas, en su lugar acuden en tropel tiernos y delicados anhelos que me recuerdan todos cuán bella es la joven Hero y me hablan de la simpatía que me inspiró antes de partir para la guerra.
DON PEDRO.—Pronto te convertirás en un verdadero enamorado, pues ya abrumas al que te oye con un galimatías de palabras. Si amas a la hermosa Hero, cortéjala, que yo hablaré con ella y con su padre y la obtendrás. ¿No es éste el final que comenzaste a tejer con tan linda historia?
CLAUDIO.—¡Cuán dulcemente curáis el amor, comoquiera que conocéis el mal por su fisonomía! Sólo para que mi afecto no os pareciera demasiado repentino, quise precaverlo con más largo discurso.
DON PEDRO.—¿Y ha de ser mucho más ancho el puente que el río? La más bella dádiva es la precisa. Así, lo que a ella tiende es lícito. Para abreviar, la amas, y yo voy a prestarte ayuda. Tengo entendido que esta noche habrá baile de máscaras. Yo representaré tu papel bajo cualquier disfraz y diré a la hermosa Hero que soy Claudio. Verteré mi corazón en su pecho y aprisionaré su oído con el brío y arrebatado choque de mi relato amoroso. Acto seguido, tendré una explicación con su padre y, por último, será tuya. Pongámoslo en práctica inmediatamente. (Salen.) 
Shakespeare, William. Mucho ruido y pocas nueces






Much Ado About Nothing / Kenneth Branagh






Año: 1993
Duración: 110 min.
País: Reino Unido  
Director: Kenneth Branagh
Guión: Kenneth Branagh (Teatro: William Shakespeare)
Música: Patrick Doyle
Fotografía: Roger Lanser
Reparto: Emma Thompson, Kenneth Branagh, Michael Keaton, Denzel Washington, Keanu Reeves, Robert Sean Leonard, Kate Beckinsale, Phyllida Law, Imelda Staunton, Brian Blessed
Productora: Samuel Goldwyn Company
Género: Comedia
Sinopsis: Don Pedro de Aragón regresa victorioso de una batalla acompañado de su hermano don Juan y de Claudio, un joven florentino que ha sido cubierto de honores por su actuación en la contienda. Tras recalar en la hacienda de Leonardo, un lugar sosegado y paradisiaco de la campiña italiana, Claudio se enamora de Hero, hija del anfitrión. Filmaffinity




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1 comentario:

María Eleonor dijo...

Ya te la había comentado por mail, esta peli es notable, los actores mediocres con excepción de Emma Thompson, Kenneth Branagh, Michael Keaton.
Los parlamentos fabulosos, la trama al estilo de los clásicos por supuesto,estamos hablando de William Shakespeare no?.

La ví en más de una oportunidad.

Se agradece.