Reflejos en un ojo dorado (1967)








Reflejos en un ojo dorado
John Huston
Carson McCullers

Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Pueden ocurrir algunas cosas, pero se repiten una y otra vez. El mismo plano de un campamento contribuye a dar una impresión de monotonía. Cuarteles enormes de cemento, filas de casitas de los oficiales, cuidadas e idénticas, el gimnasio, la capilla, el campo de golf, las piscinas... todo está proyectado ciñéndose a un patrón más bien rígido. Pero quizá sean las causas principales del tedio de un puesto militar el aislamiento y un exceso de ocio y seguridad; ya que si un hombre entra en el ejército sólo se espera de él que siga los talones que le preceden.
Y a veces pasan también en una guarnición ciertas cosas que no deben volver a ocurrir. Hay en el Sur un fuerte donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esta tragedia fueron: dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo.
El soldado de este lance se llama Ellgee Williams. Se le veía a menudo al caer la tarde, sentado, solo, en uno de los bancos que bordeaban el paseo con los cuarteles. Era un lugar agradable, con dos largas hileras de arces jóvenes que cubrían el césped y el paseo de sombras frescas, delicadas, movidas por el viento.
En primavera, las hojas de los árboles eran de un verde luminoso que, al llegar los meses de calor, tomaban un matiz más oscuro, sosegado. Al final del otoño eran de un oro encendido. Allí solía sentarse el soldado Williams esperando la llamada al rancho de la tarde. Era un soldado joven y silencioso, y en el cuartel no tenía amigos ni enemigos. A su cara redonda y curtida por el sol asomaba cierto aire de vigilante inocencia. Sus labios eran llenos y rojos, y los mechones de su pelo caían castaños y lacios sobre su frente. En sus ojos, que tenían una singular mezcla de tonos castaños y ambarinos, había una expresión muda que suele encontrarse en los ojos de los animales.
A primera vista, el soldado Williams parecía un tanto macizo y torpe; pero esta impresión era falsa: se movía con el silencio y la agilidad de una criatura salvaje o de un ladrón. Muchas veces, un soldado que creía estar solo se sobresaltaba al verle aparecer a su lado como si surgiera de la nada. Tenía manos pequeñas, de huesos delicados y muy fuertes.
El soldado Williams no fumaba, ni bebía, ni iba con mujeres, ni jugaba. En el cuartel acostumbraba estar solo, y los demás hombres le consideraban como algo misterioso. El soldado Williams pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el bosque que rodeaba el campamento. La zona acotada, de quince millas cuadradas, era un terreno agreste, sin roturar. Había allí gigantescos pinos silvestres, muchas variedades de flores y hasta animales esquivos como ciervos, jabalíes y zorros. El soldado Williams no practicaba ninguno de los deportes que se ofrecían a la tropa, fuera de la equitación. Nadie le había visto nunca en el gimnasio ni en la piscina; tampoco le habían visto reír o enfadarse o sufrir de un modo o de otro. Hacía tres comidas sanas y abundantes al día y nunca se quejaba del rancho, como los otros soldados. Dormía en una sala donde había dos largas filas con unas tres docenas de catres. No era un dormitorio silencioso: por las noches, al apagarse las luces, se oían ronquidos, blasfemias y los gritos ahogados de las pesadillas. Pero el soldado Williams descansaba tranquilamente; tan sólo llegaba a veces de su catre el crujido furtivo de papeles de caramelos.
Cuando el soldado Williams llevaba dos años en el ejército fue enviado un día al alojamiento de cierto capitán Penderton. La cosa ocurrió así: durante los últimos seis meses el soldado Williams había estado destinado a las cuadras porque tenía muy buena mano para los caballos. El capitán Penderton telefoneó un día al brigada y por casualidad, ya que muchos caballos habían salido de maniobras y había poco trabajo en las cuadras, escogieron al soldado Williams para aquella faena. Era un trabajo sencillo: el capitán Penderton quería que talasen una parte pequeña del bosque detrás de su casa para dar fiestas al aire libre una vez se instalase una parrilla. Esta tarea vendría a ocupar toda la jornada.
El soldado Williams se puso al trabajo hacia las siete y media de la mañana. Era un día suave y soleado de octubre. El soldado sabía ya dónde vivía el capitán, porque había pasado muchas veces delante de su casa cuando iba a pasear al bosque. También conocía de vista al capitán; en realidad, una vez le había ofendido involuntariamente: hacía año y medio que el soldado Williams había servido unas semanas como ordenanza del teniente que estaba al mando de su compañía. Una tarde el teniente recibió la visita del capitán Penderton, y mientras les servía a la mesa, el soldado Williams había dejado caer una taza de café sobre los pantalones del capitán. Y además, ahora le veía con frecuencia en las cuadras, y tenía a su cargo el caballo de la mujer del capitán, un caballo entero, alazán, que era, con mucho, el caballo más hermoso del puesto.
El capitán vivía en el extremo del campamento. Su casa, un edificio revocado de dos pisos y ocho habitaciones, era idéntica a las otras casas de la calle, y sólo se distinguía por ser la última de la fila. Por dos de los lados, el jardín se unía al bosque del puesto. A la derecha, el capitán tenía como único vecino al comandante Morris Langdon. Las casas de esta calle daban sobre una pradera amplia y llana, que hasta hacía poco tiempo había servido de campo de polo.
Cuando llegó el soldado Williams, el capitán salió para explicarle con detalle lo que quería que hiciera. Había que limpiar el terreno de carrascas y zarzas, y cortar de los árboles grandes las ramas que estuvieran a menos de seis pies de altura. El capitán señaló, como límite del terreno que había que despejar, un roble grande y viejo que estaba a unas veinte yardas de la casa. El capitán llevaba una sortija de oro en una de sus manos blancas y fofas. Aquella mañana iba vestido con shorts de color caqui, que le llegaban a las rodillas, calcetines altos de lana y chaqueta de ante. Su cara era afilada y tensa. Tenía el pelo negro y los ojos de un azul vidrioso. El capitán no mostró reconocer al soldado Williams y le dio las órdenes de un modo nervioso, puntilloso. Dijo al soldado Williams que quería que el trabajo estuviera terminado aquel día y que volvería a última hora de la tarde.
El soldado trabajó sin parar toda la mañana. A mediodía fue al comedor para el rancho y hacia las cuatro había terminado su faena. Incluso había hecho más de lo que el capitán ordenara. El roble grande que marcaba el límite tenía una forma poco corriente: las ramas del lado de la pradera eran bastante altas como para dejar paso, mientras que las del lado opuesto caían suavemente hasta el suelo. El soldado, con gran trabajo, había cortado aquellas ramas colgantes. Entonces, cuando terminó del todo, se apoyó en el tronco de un pino, esperando. Parecía estar en paz consigo mismo y muy satisfecho de poder esperar allí eternamente.
—Eh, ¿qué haces aquí? —le preguntó una voz de pronto.
El soldado había visto a la mujer del capitán salir de la puerta posterior de la casa y caminar hacia él a través de la pradera. La vio, pero la mujer no había penetrado en la oscura esfera de su conciencia hasta que le habló.
—Acabo de bajar a las cuadras —dijo la señora Penderton—. Han coceado a mi Firebird.
—Sí, señora —respondió el soldado vagamente. Esperó un momento para digerir el sentido de sus palabras.
— ¿Cómo ha sido? — preguntó luego.
—Yo qué sé. Puede que haya sido una condenada muía o que lo hayan dejado entrar con las yeguas. Me sacó de quicio y pregunté por ti.
La mujer del capitán se echó en una hamaca que estaba colgada entre dos árboles al borde del prado. Incluso con la ropa que llevaba en aquel momento (botas, pantalones de montar sucios y muy gastados en las rodillas y un jersey gris) era una mujer hermosa. Su rostro tenía la incierta placidez de un rostro de Madona, y llevaba el pelo castaño y liso recogido en un moño sobre la nuca. Mientras estaba allí descansando salió la criada, una negra joven, llevando una bandeja con una botella de whisky, un vaso grande y agua. La señora Penderton no hacía remilgos al alcohol; se bebió dos vasos de whisky seguidos y luego un trago de agua fría. No volvió a hablar al soldado y él no le hizo más preguntas a propósito del caballo, ni pareció darse cuenta de la presencia de la mujer; estaba otra vez apoyado en su pino, mirando fijamente al espacio.
El último sol del otoño cubría con una neblina luminosa la hierba húmeda del prado y en el bosque se abría paso por los lugares donde la hojarasca ya no era tan densa y dibujaba violentas manchas de oro en el suelo.
Luego, de pronto, el sol se puso. El aire se estremeció, y empezó a soplar una brisa ligera y pura. Era la hora de la retreta. Llegó desde lejos el sonido de la corneta, aclarado por la distancia, y resonó en el bosque con un tono hueco, perdido. Pronto sería de noche.  (Fragmento)



Reflections in a Golden Eye / John Huston



AÑO 1967
DURACIÓN 108 min.
PAÍS Estados Unidos
DIRECTOR John Huston
GUIÓN Gladys Hill, Chapman Mortimer, Francis Ford Coppola (Novela: Carson McCullers)
MÚSICA Toshiro Mayuzumi
FOTOGRAFÍA Aldo Tonti
REPARTO Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Brian Keith, Julie Harris, Robert Forster
PRODUCTORA Warner Bros. Pictures / Seven Arts
GÉNERO Drama | Ejército. Homosexualidad
SINOPSIS  La acción transcurre en un fuerte militar situado en Georgia. Junto al cuartel viven los altos mandos entre los que están el comandante Penderton y su esposa Leonor. El matrimonio no se lleva bien, y la mujer engaña a su marido con el coronel Langdon. Mientras, el comandante intenta superar la situación impartiendo clases en la academia. (Filmaffinity)

Critica Filmaffinity