El cielo protector (1990)


El cielo protector

Film de Bernardo Bertolucci

Novela de Paul Bowles


I


Se despertó, abrió los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada, de la que acababa de emerger. No tenía fuerzas para definir su situación en el tiempo y en el espacio; tampoco lo deseaba. Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Permaneció un rato completamente inmóvil, en un descanso absoluto, para hundirse luego en una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, que suelen suceder a un sueño largo y profundo. De pronto volvió a abrir los ojos y consultó su reloj de pulsera. Fue un puro acto reflejo, porque al ver la hora se desconcertó. Se incorporó, echó una mirada a la habitación charra, se llevó una mano a la frente y con un profundo suspiro volvió a tenderse en la cama. Pero ya se había despertado; en pocos segundos más supo dónde estaba, que la tarde terminaba, que había dormido desde el almuerzo. Oía a su mujer en la habitación contigua, taconeando con sus chinelas sobre el liso suelo de baldosas, y ahora que había alcanzado otro nivel de conciencia en el que no le bastaba la mera certeza de estar vivo, ese ruido lo tranquilizaba. Pero qué difícil era aceptar la alta, estrecha habitación con su cielo raso envigado, los colores neutros de los grandes dibujos anodinos de las paredes, la ventana cerrada, con sus vidrios rojos y anaranjados. Bostezó, faltaba aire en el cuarto. Después bajaría de la alta cama para abrir la ventana, y en ese momento recordaría su sueño. Porque, aunque le era imposible reconstruir un solo detalle, estaba seguro de haber soñado. Del otro lado de la ventana habría aire, tejados, la ciudad, el mar. El viento vespertino le refrescaría la cara y en ese momento reaparecería el sueño. Por ahora lo único que podía hacer era seguir tendido como estaba, respirando lentamente, casi a punto de dormirse de nuevo, paralizado en el cuarto sin aire, no a la espera del crepúsculo, sino quedándose inmóvil hasta que llegara.



II


En la terraza del Café d'Eckmül-Noiseux, unos pocos árabes bebían agua mineral; sólo sus feces de diversos tonos de rojo los distinguían del resto de la población del puerto. Sus ropas europeas eran grises y raídas; hubiera sido difícil decir cuál había sido el corte original de cualquiera de ellas. Los lustrabotas casi desnudos, en cuclillas sobre sus cajas, miraban el pavimento, sin fuerzas para espantar las moscas que les corrían por la cara. En el interior del café, el aire, más fresco pero inmóvil, exhalaba un tufo de vino y orina.

Sentados a una mesa del rincón más oscuro, tres norteamericanos, dos hombres jóvenes y una muchacha, conversaban tranquilamente, como las gentes que tienen tiempo de sobra para todo. Uno de los hombres, el delgado, de cara levemente crispada y ansiosa, doblaba unos grandes mapas multicolores que había desplegado sobre la mesa poco antes. Su mujer observaba, divertida y exasperada, sus meticulosos movimientos; los mapas la aburrían y él estaba siempre consultándolos. Aun en sus breves períodos de vida sedentaria, y bien pocos habían sido desde su casamiento doce años atrás, le bastaba ver un mapa para ponerse a estudiarlo apasionadamente, y entonces, en la mayoría de los casos, empezaba a proyectar un nuevo viaje imposible pero que a veces llegaban a realizar. No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. Y le hubiera sido difícil decir en cuál de los muchos lugares donde había vivido se había sentido más a sus anchas. Antes de la guerra era Europa y el Cercano Oriente; durante la guerra, las Antillas y América del Sur. Y ella lo había acompañado sin reiterar demasiado sus quejas, sin demasiada amargura.

En ese momento acababan de cruzar el Atlántico por primera vez desde 1939 con gran cantidad de equipaje y la intención de mantenerse lo más lejos posible de los lugares tocados por la guerra. Porque, como pretendía él, otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Y la guerra era una faceta de la época mecanizada que quería olvidar.

En Nueva York habían descubierto que África del Norte era uno de los pocos lugares para los que se podían conseguir pasajes de barco. A juzgar por sus primeras visitas en sus tiempos de estudiante en París y Madrid, parecía el lugar indicado para pasar un año o dos; en todo caso quedaba cerca de España y de Italia y siempre se podía dar marcha atrás si la cosa no andaba. El pequeño carguero los había expulsado el día anterior de su vientre confortable a los muelles calientes donde estuvieron largo rato sudando, malhumorados y ansiosos, sin que nadie les prestara la menor atención. Allí, bajo el sol ardiente, estuvo tentado de regresar a bordo y tratar de conseguir pasaje para seguir viaje hasta Estambul, pero hubiera sido difícil hacerlo sin perder la cara, puesto que él mismo había convencido a los otros para que vinieran a África del Norte. Se limitó, pues, a echar una mirada indiferente al muelle, hizo algunos comentarios sensatos y poco halagadores sobre el lugar y dejó las cosas como estaban, resolviendo para sí meterse en el interior del país cuanto antes.

El otro hombre sentado a la mesa silbaba despacito, cuando no hablaba, melodías inacabadas. Era unos años más joven que su compañero, más robusto y asombrosamente guapo, como le decía con frecuencia la muchacha, a la manera de los galanes de la Paramount. Los rasgos de su cara lisa, por lo común poco expresiva, sugerían en general, cuando estaban quietos, una afable satisfacción.

Los tres contemplaban el resplandor de la tarde en la calle polvorienta.

— No hay duda de que la guerra ha dejado aquí sus huellas —pequeña, el pelo rubio, el cutis mate, la intensidad de la mirada la salvaba de ser bonita. Después de verle los ojos, el resto de la cara se volvía borroso, y al tratar de recordarla sólo quedaba la penetrante e interrogadora violencia de los ojos inmensos.

— Es natural. Durante un año por lo menos las tropas pasaron por aquí.

— Podían haber dejado en paz algún lugar del mundo —dijo la muchacha. Intentaba agradar a su marido, lamentaba haberse enfadado con él un momento antes por los mapas. Reconociendo el gesto pero sin entender el por qué, él lo dejó pasar.

El otro hombre se rió condescendiente y el marido lo imitó.

— ¿En beneficio personal tuyo, supongo? —dijo el marido.

— En beneficio nuestro. La cosa es tan detestable para ti como para mí.

— ¿Qué cosa? —preguntó él a la defensiva—. Si te refieres a este revoltijo incoloro que se llama ciudad, sí. Pero de todos modos prefiero mil veces estar aquí y no en los Estados Unidos.

La muchacha se apresuró a coincidir.

— Por supuesto. Pero no me refería a este lugar ni a ningún otro en particular. Me refería a todo el horror que deja una guerra, donde sea.

— Vamos, Kit —dijo el otro hombre—. Tú no te acuerdas de ninguna otra guerra.

Ella no prestó atención.

— La gente de cada país se va pareciendo cada vez más a la de los otros. No tiene carácter, ni belleza, ni ideales, ni cultura..., nada, nada.

Su marido se echó hacia adelante y le acarició una mano.

— Tienes razón, tienes razón —dijo sonriendo—. Todo se vuelve gris y se volverá más gris todavía. Pero algunos lugares resistirán la enfermedad más tiempo del que supones. Verás, en el Sáhara...

Del otro lado de la calle una radio proyectaba los gritos histéricos de una soprano coloratura. Kit se estremeció.

— Rápido, vayámonos —dijo—. Tal vez podamos escapar.

Escucharon fascinados el aria que, próxima a su término, cumplía los preparativos ortodoxos para el inevitable agudo final.

Entonces Kit dijo:

— Ahora que ha terminado, quiero otra botella de Oulmès.

¡Dios mío! ¿Más de esa gaseosa? Vas a volar.

Ya lo sé, Tunner, pero no puedo dejar de pensar en el agua. Todo lo que miro, sea lo que fuere, me da sed. Por primera vez siento que podría volverme abstemia para siempre. Con este calor soy incapaz de beber alcohol.

— ¿Otro Pernod? —ofreció Tunner a Port.

Kit frunció el ceño.

— Si fuera Pernod de verdad...

— No es malo —dijo Tunner cuando el camarero dejó sobre la mesa la botella de agua mineral.

— Ce n'est pas du vrai Pernod?

— Si, si, c'est du Pernod —afirmó el camarero.

— Tomemos otro trago —dijo Port. Miró aburrido su vaso. Nadie dijo una palabra mientras el camarero se alejaba. La soprano inició otra aria.

— ¡Se largó! —exclamó Tunner. Por un instante, el paso de un tranvía con su campanilla ahogó la música. Desde la sombra del toldo vieron el vehículo abierto que se tambaleaba a la luz del sol, atestado de gente andrajosa.

— Ayer tuve un sueño extraño —dijo Port—. Estuve tratando de recordarlo y acabo de conseguirlo.

— ¡No! —exclamó enérgicamente Kit—. ¡Los sueños son tan aburridos! ¡Por favor!

— ¡No quieres oírlo! —exclamó él riendo—. De todos modos voy a contártelo —lo dijo con cierta ferocidad que en la superficie parecía fingida, pero al mirarlo Kit comprendió que, por el contrario, él disimulaba la violencia que sentía. Kit calló la respuesta hiriente que tenía en la punta de la lengua.

— Lo contaré rápidamente —dijo Port sonriendo—. Sé que me haces un favor al escucharme, pero no puedo recordarlo con claridad si me limito a pensar. Era de día y yo viajaba en un tren que iba cada vez a más velocidad. Me dije: «Vamos a meternos en una gran cama bajo montañas de sábanas.»

Tunner dijo malicioso:

— Consultar el Diccionario gitano de los sueños, de Madame La Hiff.

— Calla. Y pensé que si quería podía empezar a vivir de nuevo, volver al principio y llegar hasta hoy, viviendo exactamente la misma vida hasta el más ínfimo detalle.

Kit cerró los ojos desconsolada.

— ¿Qué sucede? —le preguntó Port.

— Me parece sumamente desconsiderado y egoísta insistir en esa forma sabiendo lo aburrido que es.

— Pero es que a mí me divierte mucho... —se le iluminó la cara—. Y apuesto a que en todo caso Tunner quiere oírlo. ¿No es verdad?

Tunner sonrió.

— Los sueños son mi especialidad. Conozco el La Hiff de memoria.

Kit abrió un ojo y lo miró. Llegaban las bebidas.

— Entonces me dije: «¡No! ¡No!» No podía soportar la idea de pasar nuevamente por todos aquellos miedos, por todos aquellos sufrimientos. Y, sin motivo, miré los árboles por la ventana y me oí decir: «¡Sí!» Porque sabía que estaba dispuesto a pasar otra vez por todo con tal de sentir el olor de la primavera de mi infancia. Pero ahí me di cuenta de que era demasiado tarde, porque mientras pensaba «¡No!» me había arrancado los incisivos como si fueran de yeso. El tren se había detenido, yo tenía los dientes en la mano y me eché a llorar. Con esos sollozos terribles de los sueños, que nos sacuden como un terremoto, ¿sabes?

Torpemente, Kit se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta que decía Dames. Lloraba.

Déjala —dijo Port a Tunner, en cuya cara se veía la preocupación—. Está agotada. El calor la demuele.

(Fragmento)


Paul Bowles, El cielo protector.

Texto completo




The Sheltering Sky de Bernado Bertolucci




Año 1990

Duración 133 min

País Reino Unido / Italia

Director Bernardo Bertolucci

Guión Mark Peploe y Bernardo Bertolucci (Novela: Paul Bowles)

Música Ryuichi Sakamoto, Richard Horowitz

Fotografía Vittorio Storaro

Reparto Debra Winger, John Malkovich, Campbell Scott, Jill Bennett, Timothy Spall, Eric Vu-An, Amina Annabi, Sotigui Kouyate, Philippe Morier-Genoud, Ben Smail, Nicoletta Braschi, Paul Bowles

Productora Coproducción GB-Italia; Warner Bros. Pictures / Sahara Company / TAO Film / Recorded Picture Company (RPC) / Aldrich Group


Sinopsis:

Una pareja de neoyorquinos viaja a África en busca de nuevas experiencias que puedan dar un nuevo sentido a su relación. Corre el año 1947. Port y Kit Moresby llegan en barco al norte de África. Tras diez años de matrimonio, para esta sofisticada pareja norteamericana resulta difícil la convivencia. Port, un músico que lleva un año sin trabajar, busca en el desierto una fuente de inspiración y nueva savia para un matrimonio que se muere, mientras Kit, cansada de viajar, espera que un milagro le devuelva a su marido. Tienen un compañero de viaje, George Tunner, un joven rico y mundano, fascinado por los Moresby y atraído especialmente por Kit. Port, que se define insistentemente como un viajero y no como un turista corriente, no está muy seguro de su destino, pero está decidido a dejar atrás el mundo moderno, por lo que finalmente ambos se adentran en el Sáhara esperando encontrarse también a sí mismos... (Filmaffinity)

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