Becket (1964)







Becket 
Peter Glenville
Jean Anouilh

Acto primero
Cuadro primero
(Fragmento)

La  Catedral.  Fondo  neutro.  Columnas   esparcidas.   La  tumba   de Becket, en mitad del escenario. Una losa con su nombre esculpido.
(Dos soldados se apostan a lo lejos. Entra El Rey con su corona. Un Paje le sigue a distancia. El Rey duda un momento. Se quita el manto. Torso desnudo. Cae de rodillas, rezando ante la tumba. Detrás de las columnas, entre las tinieblas, adivinamos unas sombras inquietantes.)

EL REY:
Tomás Becket, ¿estás contento? Aquí me tienes, desnudo, esperando a los frailes de tu Orden. ¡Qué fin más triste ha tenido nuestra historia! Tú, pudriéndote bajo esa losa, con el cuerpo atravesado por los cuchillos de mis barones, y yo aquí, como un cretino, con el torso desnudo, expuesto a las corrientes de aire, esperando a que tus frailes vengan a azotarme. ¿No hubiera sido mejor habernos entendido?

(Becket, de arzobispo, como el día de su muerte, surge tras una columna.)

BECKET: (Dulcemente.)
No  podíamos  entendernos.

EL REY:
Yo te dije: “Todo, excepto el honor del reino.”

BECKET:
Y yo te contesté: “Todo, excepto el honor de Dios.” Era un diálogo entre sordos.

EL REY:
¡Qué frío hacía en la llanura de la Ferté-Fernard la última vez que nos vimos! Es curioso: siempre hizo frío en nuestra historia, menos al principio, cuando éramos amigos y salíamos juntos, de correrías, en busca de mujeres. ¿Amabas a Guendalina? ¿Me guardas rencor por aquella noche en que te la quité, alegando: “Yo soy el Rey”? ¿Quizá por eso jamás me perdonaste?

BECKET: (Dulcemente.)
Lo he olvidado.

EL REY:
Éramos como hermanos. Yo no pensaba más que a través de ti.

BECKET: (Dulcemente, como a un niño.)
Reza, en lugar de malgastarte en palabras inútiles.

EL REY:
¡Como que en estos momentos voy a tener ganas de rezar!... (Durante el párrafo a continuación, Becket se irá esfumando en la sombra.) Tenías razón. ¡Qué brutos son tus compatriotas, los sajones! Y me entrego a ellos desnudo. Es una heroicidad. Bueno. Lo hago porque los necesito. Tengo que atraerlos a mi causa, ¡contra mi hijo, que quiere arrebatarme el reino! Por eso vengo a hacer las paces con su santo; es decir, contigo. Tú has llegado a santo, y yo, tu rey, necesito de esa chusma amorfa para que sostenga mi corona. ¿De qué sirven las conquistas? Ellos son la Inglaterra de hoy. A fuerza de cruzarse y reproducirse como conejos, para compensar las matanzas, han creado un pueblo con el que hay que contar. Inglaterra bien vale una mascarada. Tú me has enseñado todas estas cosas. En realidad, todo, todo, me lo has enseñado tú. (Soñador.) ¡Qué tiempos aquellos! Cuando por la mañana temprano —para nosotros era mediodía, porque nos acostábamos tarde— entrabas en mi dormitorio sonriente, como si no hubiéramos pasado toda la noche bebiendo y amando... Incluso para el amor tenías más resistencia que yo...
(Cambian las luces. Ha entrado un paje con un lienzo blanco. Envuelve en él al Rey y le da unas friegas. Se oye dentro, silbada, una marcha escocesa, alegre e irónica, predilecta de Becket. La oiremos a menudo a todo lo largo de la obra. Los dos soldados han colocado en escena una cama y un sillón. Tomás Becket entra, joven, elegante, gentilhombre.)

BECKET:
Señor, todos mis respetos.

EL REY: (Lucha contra el bostezo que le aflora a los labios.)
¡Oh, Tomás! ¿Ya despierto?

BECKET:
Desde muy temprano, señor. He ido galopando hasta Richmond. ¡Hace un frío maravilloso!

EL REY: (Tiritando.)
No comprendo cómo puedes gozarte tanto con el frío. (Al paje.) ¡Frota con más fuerza, animal! (Becket, sonriente, echa hacia un lado al paje y le sustituye en la tarea.) Anda. Enciende la chimenea y vísteme cuanto antes. Me hielo.

BECKET:
Príncipe mío, os vestiré yo. Como todos los días.

(Sale el paje.)

EL REY:
¡Qué haría sin ti, Tomás! Me eres indispensable hasta para la menor cosa. No hay nadie que me dé las friegas como tú. Pero dime: ¿cómo siendo gentilhombre no tienes escrúpulos en hacer, a veces, las faenas de un criado? Si yo pidiese algo por el estilo a mis barones, me declararían la guerra civil.

BECKET: (Sonríe.)
Harán, con el tiempo, estas faenas y otras peores, cuando los reyes aprendan su oficio. Yo soy vuestro servidor. Para mí es lo mismo ayudaros en el gobierno que a entrar en calor.
(Frota con más fuerza.)

EL REY: (Con un gesto tierno.)
¡Y pensar que eres sajón! Al principio, cuando te tomé a mi lado, ¿sabes lo que me dijeron todos? Que aprovecharías la menor ocasión para apuñalarme.

BECKET: (Que le esta vistiendo.)
¿Y los creísteis?

EL REY:
No, no... Bueno, al principio tenía cierto resquemor, no te lo niego; pero tu aire así, tan distinguido, al lado de  todos  esos brutos,  me calmó. Oye..., ¿cómo te las arreglas  para hablar francés sin el menor acento inglés?

BECKET:
Porque mis  progenitores,  para  conservar sus bienes y 
propiedades, aceptaron “colaborar” con el Rey, vuestro padre, y me enviaron a Francia muy joven.

EL REY:
No he conocido a tu padre.

BECKET:
Era severo, rígido y supo hacer, colaborando, una gran fortuna. Como, además, era un hombre muy honrado, me imagino que compaginaría las cosas para que su rígida conciencia no sufriese menoscabo alguno.

EL REY:
¿Y tú?

BECKET:
¿Yo?

EL REY: (Con un matiz de ligero reproche en la voz, que, a pesar de su admiración por Becket o a causa de ella, emplea más de la cuenta.)
A ti también el “colaborar” te reporta grandes beneficios.

BECKET:
El problema es distinto. Yo soy un hombre ligero, débil. Me gusta la caza, y sólo los normandos y sus protegidos tienen derecho a cazar. Adoro el lujo, y el lujo es normando. Adoro la vida y los sajones, las matanzas. Y adoro el honor...

EL REY: (Incisivo.)
¿Y el honor se concilia también con la colaboración?

BECKET:
Yo puedo, llegado el momento, y sin recibir castigo alguno, atravesar con mi espada a cualquier gentilhombre normando que intente violar a una de mis hermanas.

EL REY: (Con intención.)
Podías también matarle y huir a los bosques, como han hecho muchos. Sería más patriótico.

BECKET:
No, no. Incómodo e ineficaz. Mi hermana sería inmediatamente violada por otro caballero normando.

EL REY: (Soñador.)
No me explico cómo no nos odias... Yo, que no soy un hombre valeroso...

BECKET:
Hasta el momento de la muerte, nadie puede hablar de su valor.

EL REY:
Me conozco. No tengo valor y no me gusta batirme; pero si los franceses invadiesen Normandía e hiciesen la centésima parte de lo que nosotros hemos hecho aquí, creo que no podría ver a un francés sin sacar mi daga y... (Viendo un gesto de Becket. Asustado.) Oye... ¿Qué buscas?

BECKET: (Sonriente. Saca un peine de un estuche.)
El peine. (Peina al Rey.) La razón está en que vuestras tierras no han sido ocupadas desde hace cien años, y todo se olvida.

EL REY:
Si tú hubieras sido pobre, no olvidarías.

BECKET:
Quizá, pero soy rico. ¿Sabéis que me ha llegado de Florencia una vajilla de oro? ¿Me haréis el honor de venir a comer en ella el día que la use por primera vez?

EL REY:
¿Una vajilla de oro? ¡Qué locura!

BECKET:
Lanzo la moda.

EL REY:
Yo soy tu Rey, y como en vajilla de plata.

BECKET:
Vos tenéis otras cargas más pesadas. Yo no tengo más cargas que las del placer. Me han enviado también dos tenedores.

EL REY: (Sorprendidísimo.)
¿Qué es eso?

BECKET:
Unos pequeños instrumentos diabólicos de forma y de uso. Sirven para pinchar la carne y llevarla a la boca. De esa manera no se ensucian los dedos.

EL REY:
Pero se ensuciarán los tenedores.

BECKET:
Se lavan.

EL REY:
Los dedos, también. No veo la utilidad...

BECKET:
Ninguna práctica, conforme;  pero es refinado, sutil...

EL REY: (De pronto, entusiasmado.)
¡Encárgame una docena! Estoy deseando ver las caras que pondrán mis barones en el primer banquete de la corte. Oye, oye... No les diremos para qué uso están destinados.

BECKET: (Ríe también.)
¡Pues no lo adivinarán!

EL REY: (Sigue riendo.)
Ya verás, ya verás... Nos vamos a divertir...

BECKET:
Príncipe mío, es hora de acudir al consejo.
(Salen riendo. Los soldados se llevan la cama. Empujan una mesa, unos escabeles. Los consejeros entran. Son el Arzobispo, el Obispo de York, Georges Filliot, Obispo de Londres. Y otros prelados. El Rey y Becket entran. Continúan riendo. El Rey, cariñosamente, pasa un brazo por encima de los hombros de Becket. Se sienta en un sillón.)

EL REY:
Señores: se abre el consejo. Os he reunido para tratar sobre esa incomprensible negativa del clero a pagar el impuesto de ausencia... Quiero saber quién gobierna el reino: la Iglesia... (El Arzobispo hace un gesto.) En seguida, señor Arzobispo. La Iglesia o yo. Bien, pero antes de entrar en el fondo de la discusión, quiero daros una buena nueva. He tomado la decisión de restablecer el puesto de Canciller de Inglaterra y Guardián del sello de los tres leones, y concedérselo a mi leal servidor y súbdito Tomás Becket. (Becket no puede evitarlo y, sorprendidísimo, se pone bruscamente en pie. El Rey, bromeando.) ¿Qué te ocurre, Becket? ¿Una necesidad imperiosa? No me extraña. Anoche bebimos mucho. Puedes salir. (Le mira divertido. Becket no se mueve.) Por fin he logrado sorprenderte con algo, ¿eh?

BECKET: (Se arrodilla ante él.)
Príncipe mío, el título que me habéis concedido es una muestra de confianza de la cual temo no ser digno. Soy demasiado joven para un cargo que...

EL REY:
¿Es que yo soy viejo? Eres joven, conforme, pero has estudiado mucho y sabes más que todos nosotros juntos, incluyendo al Arzobispo. (El Arzobispo hace un gesto.) En cuanto a su vida y costumbres, monseñores: bebe, sí, bebe...; le gusta divertirse, pero piensa todo el tiempo. A veces me molesta sentir cómo piensa a mi lado. Levántate, Tomás. Yo no tomaba una decisión, no movía un dedo sin tu consejo, era un secreto; desde este momento será público. (Estalla en risas. Saca algo del bolsillo y se lo alarga a Becket.) Toma: el sello con los tres leones. Ese sello es Inglaterra. Si lo perdieras, Inglaterra dejaría de existir y tendríamos que volvernos a Normandía. No lo pierdas... Ahora, ¡a trabajar!

ARZOBISPO: (Se levanta todo sonrisas, después de reponerse de la sorpresa.)
Permítaseme, con la venia de mi Príncipe, saludar a nuestro joven y sabio diácono, ya que yo fui el primero en haberme fijado en su talento. La presencia en este consejo, con el título preponderante de Canciller de Inglaterra, de uno de los nuestros —pues en cierto modo es nuestro hijo espiritual— es un premio para la Iglesia de este país. Una nueva era de comprensión mutua se avecina, entre los normandos que ocupan nuestra isla, y de los cuales sois el Rey, y nosotros los sajones; un espíritu de colaboración y de...

EL REY:
Etcétera, etcétera, etcétera. Gracias, Arzobispo. Estaba seguro de Que mi nombramiento os haría feliz, pero no contéis con Becket para que os ayude a resolver vuestros problemas. ¡Es mío! Y no le dejaré ir de mi lado. (Se vuelve a Becket.) Olvidé que eras diácono.

BECKET:
Yo también, Príncipe mío.

EL REY:
No te voy a hablar de las mujeres, que son pecado venial; pero para ser del clero, manejas la espada con mucha desenvoltura. ¿No prohíbe la Iglesia el derramamiento de sangre?

ARZOBISPO:
Nuestro joven Canciller es sólo diácono. No ha pronunciado aún sus votos. La iglesia es sabia y no ignora que es preferible que la juventud se pase y que después, con el pretexto de una guerra santa...

EL REY:
Todas las guerras son santas, señor Arzobispo. Os desafío a que encontréis un beligerante que no crea tener el cielo de su parte. Pero volvamos al asunto que nos ha reunido aquí. Nuestras costumbres exigen que pague un impuesto en plata todo aquel que posea tierras suficientes para mantener un hombre en armas.

ARZOBISPO:
Permitidme una objeción.

EL REY:
Objetad lo que queráis. Yo abro mi escarcela y espero.

(Se echa hacia atrás.)

ARZOBISPO:
Un súbdito cualquiera no debe negarse a cumplir sus deberes con el Reino. Conforme. Debe pagar el impuesto. Nadie lo discutiría.

EL REY:
Sobre todo el clero.

ARZOBISPO:
En cambio, la única forma con la que el clero puede ayudar al Reino es asistiendo al Príncipe en sus rezos, en sus obras de caridad y educación. Nos mereceríamos un impuesto semejante si nos negásemos a cumplir con nuestra obligación, que es rezar. ¿Nos hemos negado a rezar alguna vez?

EL REY: (Golpea la mesa con el puño.)
¿Creéis que voy a resignarme a perder dos tercios de mis impuestos con argucias semejantes? ¡Pagad! No me convenceréis de lo contrario. (A Becket.) Y tú... Habla, Canciller; parece que los honores te han mutilado la lengua.

BECKET:
Una respetuosa objeción, con vuestra venia, señor Arzobispo.

EL REY: (Entre dientes.)
Respetuosa, muy bien; pero firme. Eres el Canciller.

BECKET: (Sereno y sin mucha fuerza.)
Inglaterra es un navío.

EL REY: (Entusiasmado.)
¡Qué frase! La usaré en otra ocasión. ¡Qué frase!

BECKET:
En los peligros del mar, el instinto de conservación de los hombres hace admitir como necesario un solo dueño a bordo. Las tripulaciones revolucionadas que ahogan en el mar a su capitán, terminan siempre, después de unos días de anarquía, confiándose en cuerpo y alma a uno de los suyos, que les gobierna con mucha más dureza que el pobre capitán que tiraron por la borda.

ARZOBISPO:
Señor Canciller, no existe más que una sola fórmula. El capitán es el único dueño a bordo. ¡Después de Dios! (Grita con una voz que no adivinamos salir de su frágil cuerpo.) ¡Después de Dios!

(Se santigua. Los Obispos le imitan. Un viento de excomunión azota el consejo. El Rey, impresionado, se santigua y dice entre dientes.)

EL REY:
Nadie intenta poner en duda la autoridad de Dios.

BECKET: (Es el único que ha permanecido sereno y dueño de la situación.)
Dios guía el navío inspirando las decisiones del capitán; pero jamás he oído decir que comunicó directamente sus consignas al timonel.

(Gilbert Filliot, Obispo de Londres, se levanta.)

GILBERT:
Nuestro joven Canciller es sólo un diácono, pero los años que ha vivido entre el mundanal ruido no le habrán hecho olvidar que Dios dicta sus decisiones a los hombres a través de la Iglesia militante y por intercesión de nuestro Santo Padre.

EL REY:
No empleéis grandes frases, señor Obispo, con las que, en el fondo, estamos de acuerdo. Necesito dinero para mi guerra. ¡Dinero! La Iglesia, ¿me lo quiere dar o no?

ARZOBISPO: (Prudente.)
La Iglesia de Inglaterra siempre admitió como un deber ayudar a su Príncipe.

EL REY:
Eso son palabras. Quiero hechos. Y no me gusta el pasado; sólo me gusta el presente y el futuro. ¿Daréis ese dinero? ¿Sí o no?

ARZOBISPO:
Yo estoy aquí para defender los privilegios que vuestro antepasado Guillermo concedió a la Iglesia. ¿Seréis capaz de alterar su obra?

EL REY:
Que mi antepasado Guillermo descanse en paz. En donde está no necesita dinero; pero, desgraciadamente, donde estoy yo, aquí en la tierra, sí lo necesito. Estoy reclutando tropas, señor Arzobispo. Quince mil lansquenetes alemanes y tres mil suizos para combatir al Rey de Francia. Id a pagar a los suizos con razonamientos y con que si mi antepasado decretó esto o lo otro.





Becket / Peter Glenville





AÑO 1964 
DURACIÓN 148 min.
PAÍS [Reino Unido] 
DIRECTOR Peter Glenville
GUIÓN Edward Anhalt (Obra: Jean Anouilh)
MÚSICA Laurence Rosenthal
FOTOGRAFÍA Geoffrey Unsworth
REPARTO Richard Burton, Peter O'Toole, John Gielgud, Donald Wolfit, Martita Hunt, Pamela Brown, Siân Phillips, Felix Aylmer, Gino Cervi, Paolo Stoppa, David Weston
PRODUCTORA Coproducción GB-USA
1 Oscar: Mejor guión adaptado. 12 nominaciones
SINOPSIS. Siglo XII, Inglaterra. Enrique II obliga al clero a pagar tributos para defender su reino. El enfrentamiento que esto causa obliga al rey a tomar una solución drástica que cree ingeniosa: nombrar a su sirviente y guardasellos real Tomas Becket como arzobispo de Canterbury, creyendo que así la Iglesia no le daría tantos problemas. Sin embargo, Becket se toma muy en serio su papel.... (Filmaffinity)

Crítica: Filmaffinity