El nombre de la rosa (1986)



El nombre de la rosa
Film de Jean-Jacques Annaud
Novela de Umberto Eco

Sexto día
TERCIA
Donde, mientras escucha el «Dies irae», Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera.

Guillermo se despidió de Nicola y subió para ir al scriptorium. Por mi parte, ya había visto suficiente, de modo que también decidí subir y quedarme en la iglesia para rezar por el alma de Malaquías. Nunca había querido a aquel hombre, que me daba miedo, y no he de ocultar que durante mucho tiempo había creído que era el culpable de todos los crímenes. Ahora comprendía que quizá sólo había sido un pobre hombre, oprimido por unas pasiones insatisfechas, vaso de loza entre vasos de hierro, malhumorado por desorientación, silencioso y evasivo por conciencia de no tener nada que decir. Sentía cierto remordimiento por haberme equivocado y pensé que rezando por su destino sobrenatural podría aplacar mi sentimiento de culpa.
Ahora la iglesia estaba iluminada por un resplandor tenue y lívido, dominada por los despojos del infeliz, habitada por el susurro uniforme de los monjes que recitaban el oficio de difuntos.
En el monasterio de Melk había asistido varias veces a la defunción de un hermano. Era una circunstancia que no puedo calificar de alegre, pero que, sin embargo, me parecía llena de serenidad, rodeada por un aura de paz, regida por un sentido difuso de justicia. Íbamos alternándonos en la celda del moribundo, diciéndole cosas agradables para confortarlo, y en el fondo del corazón cada uno pensaba en lo feliz que era el moribundo porque estaba a punto de coronar una vida virtuosa, y pronto se uniría al coro de los ángeles para gozar del júbilo eterno. Y parte de aquella serenidad, la fragancia de aquella santa envidia, se comunicaba al moribundo, que al final tenía un tránsito sereno. ¡Qué distintas habían sido las muertes de aquellos últimos días! Finalmente, había visto de cerca cómo moría una víctima de los diabólicos escorpiones del finis Africae, y sin duda así habían muerto también Venancio y Berengario, buscando alivio en el agua, con el rostro consumido como el de Malaquías...
Me senté al fondo de la iglesia, acurrucado sobre mí mismo para combatir el frío. Sentí un poco de calor, y moví los labios para unirme al coro de los hermanos orantes. Los iba siguiendo sin darme casi cuenta de lo que mis labios decían; mi cabeza se bamboleaba y los ojos se me cerraban. Pasó mucho tiempo; creo que me dormí y volví a despertarme al menos tres o cuatro veces. Después el coro entonó el Dies irae... La salmodia me produjo el efecto de un narcótico. Me dormí del todo. O quizá, más que un letargo, aquello fue como un entorpecimiento, una caída agitada y un replegarme sobre mí mismo, como una criatura que aún siguiera encerrada en el vientre de su madre. Y en aquella niebla del alma, como si estuviese en una región que no era de este mundo, tuve una visión o sueño, según se prefiera.
Por una escalera muy estrecha entraba en un pasadizo subterráneo, como si estuviese accediendo a la cripta del tesoro, pero, siempre bajando, llegaba a una cripta más amplia que era la cocina del Edificio. Sin duda, se trataba de la cocina, pero en ella no sólo funcionaban hornos y ollas, sino también fuelles y martillos, como si también se hubiesen dado cita allí los herreros de Nicola. Todo era un rojo centelleo de estufas y calderos, y cacerolas hirvientes que echaban humo mientras que a la superficie de sus líquidos afloraban grandes burbujas crepitantes que luego estallaban haciendo un ruido sordo y continuo. Los cocineros pasaban enarbolando asadores, mientras los novicios, que se habían dado cita allí, saltaban para atrapar los pollos y demás aves ensartadas en aquellas barras de hierro candentes. Pero al lado los herreros martillaban con tal fuerza que la atmósfera estaba llena de estruendo, y nubes de chispas surgían de los yunques mezclándose con las que vomitaban los dos hornos. No sabía si estaba en el infierno o en un paraíso como el que podía haber concebido Salvatore, chorreante de jugos y palpitante de chorizos. Pero no tuve tiempo de preguntarme dónde estaba porque una turba de hombrecillos, de enanitos con una gran cabeza en forma de cacerola, entró a la carrera y, arrastrándome a su paso, me empujó hasta el umbral del refectorio, y me obligó a entrar.
La sala estaba adornada como para una fiesta. Grandes tapices y estandartes colgaban de las paredes, pero las imágenes que los adornaban no eran las habituales, que exaltan la piedad de los fieles o celebran las glorias de los reyes. Parecían, más bien, inspiradas en los marginalia de Adelmo, y reproducían las menos tremendas y las más grotescas de sus imágenes: liebres que bailaban alrededor de una cucaña, ríos surcados por peces que saltaban por sí solos a la sartén, cuyo mango sostenían unos monos vestidos de obispos cocineros, monstruos de vientre enorme que bailaban alrededor de marmitas humeantes.
En el centro de la mesa estaba el Abad, vestido de fiesta, con un amplio hábito de púrpura bordada, empuñando su tenedor como un cetro. Junto a él, Jorge bebía de una gran jarra de vino, mientras el cillerero, vestido como Bernardo Gui, leía virtuosamente en un libro en forma de escorpión pasajes de las vidas de los santos y del evangelio. Pero eran relatos que contaban cómo Jesús decía bromeando al apóstol que era una piedra y que sobre esa piedra desvergonzada que rodaba por la llanura fundaría su iglesia; o el cuento de San Jerónimo, que comentaba la biblia diciendo que Dios quería desnudar el trasero de Jerusalén. Y, a cada frase del cillerero, Jorge reía dando puñetazos contra la mesa y gritando: «¡Serás el próximo abad, vientre de Dios!», eso era lo que decía, que Dios me perdone.
El Abad hizo una señal festiva y la procesión de las vírgenes entró en la sala. Era una rutilante fila de hembras ricamente ataviadas, en el centro de las cuales primero me pareció percibir a mi madre, pero después me di cuenta del error, porque sin duda se trataba de la muchacha terrible como un ejército dispuesto para la batalla. Salvo que llevaba sobre la cabeza una corona de perlas blancas, en dos hileras, mientras que otras dos cascadas de perlas descendían a uno y otro lado del rostro, confundiéndose con otras dos hileras de perlas que pendían sobre su pecho, y de cada perla colgaba un diamante del grosor de una ciruela. Además, de cada oreja caía una hilera de perlas azules que se unían para formar una especie de gorguera en la base del cuello, blanco y erguido como una torre del Líbano. El manto era de color púrpura, y en la mano sostenía una copa de oro cuajada de diamantes, y, no sé cómo, supe que la copa contenía un ungüento mortal robado en cierta ocasión a Severino. Detrás de aquella mujer, bella como la aurora, venían otras figuras femeninas, una vestida con un manto blanco bordado, sobre un traje oscuro con una doble estola de oro cuyos adornos figuraban florecillas silvestres; la segunda tenía un manto de damasco amarillo, sobre un traje rosa pálido sembrado de hojas verdes y con dos grandes recuadros bordados en forma de laberinto pardo; y la tercera tenía el manto rojo y el traje de color esmeralda, lleno de animalillos rojos, y en sus manos llevaba una estola blanca bordada; y de las otras no observé los trajes, porque intentaba descubrir quiénes eran todas esas mujeres que acompañaban a la muchacha, cuya apariencia hacía pensar por momentos en la Virgen María. Y como si cada una llevase en la mano una tarjeta con su nombre, o como si ésta le saliese de la boca, supe que eran Ruth, Sara, Susana y otras mujeres que mencionan las escrituras.
En ese momento el Abad gritó: «¡Entrad, hijos de puta!», y entonces penetró en el refectorio otra procesión de personajes sagrados, que reconocí sin ninguna dificultad, austera y espléndidamente ataviados, y en medio del grupo había uno sentado en el trono, que era Nuestro Señor pero al mismo tiempo Adán, vestido con un manto purpúreo y adornado con un gran broche rojo y blanco de rubíes y perlas que sostenía el manto sobre sus hombros, y con una corona en la cabeza, similar a la de la muchacha, y en la mano una copa más grande que la de aquélla, llena de sangre de cerdo. Lo rodeaban como una corona otros personajes muy santos, que ya mencionaré, todos ellos conocidísimos para mí, y también había a su alrededor una escuadra de arqueros del rey de Francia, unos vestidos de verde y otros de rojo, con un escudo de color esmeralda en el que campeaba el monograma de Cristo. El jefe de aquella tropa se acercó a rendir homenaje al Abad, tendiéndole la copa y diciéndole: «Sao ko akellas tierras para akellos fines ke akí kontiene, trienta años las poseéis parte sancti Benedicti.» A lo que el Abad respondió: «Age primum et septimum de quatuor», y todos entonaron: «In finibus Africae, amen.» Después todos sederunt. («Toma el primero y el séptimo de cuatro.» «En los confines de África, amén.» «Se sentaron».)
Habiéndose disuelto así las dos formaciones opuestas, el Abad dio una orden y Salomón empezó a poner la mesa, Santiago y Andrés trajeron un fardo de heno, Adán se colocó en el centro, Eva se reclinó sobre una hoja, Caín entró arrastrando un arado, Abel vino con un cubo para ordenar a Brunello, Noé hizo una entrada triunfal remando en el arca, Abraham se sentó debajo de un árbol, Isaac se echó sobre el altar de oro de la iglesia, Moisés se acurrucó sobre una piedra, Daniel apareció sobre un estrado fúnebre del brazo de Malaquías, Tobías se tendió sobre un lecho, José se arrojó desde un moyo, Benjamín se acostó sobre un saco, y además, pero en este punto la visión se hacía confusa, David se puso de pie sobre un montículo, Juan en la tierra, Faraón en la arena (por supuesto, dije para mí, pero ¿por qué?), Lázaro en la mesa, Jesús al borde del pozo, Zaqueo en las ramas de un árbol, Mateo sobre un escabel, Raab sobre la estopa, Ruth sobre la paja, Tecla sobre el alféizar de la ventana (mientras por fuera aparecía el rostro pálido de Adelmo para avisarle que también podía caerse al fondo del barranco), Susana en el huerto, Judas entre las tumbas, Pedro en la cátedra, Santiago en una red, Elías en una silla de montar, Raquel sobre un lío. Y Pablo apóstol, deponiendo la espada, escuchaba la queja de Esaú, mientras Job gemía en el estiércol y acudían a ayudarlo Rebeca, con una túnica, Judith, con una manta, Agar, con una mortaja, y algunos novicios traían un gran caldero humeante desde el que saltaba Venancio de Salvemec, todo rojo, y empezaba a repartir morcillas de cerdo.
El refectorio se iba llenando de gente que comía a dos carrillos. Jonás traía calabazas; Isaías, legumbres; Ezequiel, moras; Zaqueo, flores de sicomoro; Adán, limones; Daniel, altramuces; Faraón, pimientos; Caín, cardos; Eva, higos; Raquel, manzanas; Ananías, ciruelas grandes como diamantes; Lía, cebollas; Aarón, aceitunas; José, un huevo; Noé, uva; Simeón, huesos de melocotón, mientras Jesús cantaba el Dies irae y derramaba alegremente sobre todos los alimentos el vinagre que exprimía de una pequeña esponja antes ensartada en la lanza de uno de los arqueros del rey de Francia.
«Hijos míos, ¡oh, mis corderillos!», dijo entonces el Abad, ya borracho, «no podéis cenar vestidos así, como pordioseros, venid, venid.» Y golpeaba el primero y el séptimo de los cuatro, que surgían deformes como espectros del fondo del espejo, y el espejo se hacía añicos y a lo largo de las salas del laberinto el suelo se cubría de trajes multicolores incrustados de piedras, todos sucios y desgarrados. Y Zaqueo, cogió un traje blanco; Abraham, uno color gorrión; Lot, uno color azufre; Jonás, uno azulino; Tecla, uno rojizo; Daniel, uno leonado; Juan, uno irisado; Adán, uno de pieles; Judas, uno con denarios de plata; Raab, uno escarlata; Eva, uno del color del árbol del bien y del mal. Y algunos lo cogían jaspeado, y otros, del color del esparto, algunos, morado, y otros, azul marino, algunos, purpúreo, y otros, del color de los árboles, o bien del color del hierro, del fuego, del azufre, del jacinto, o negro, y Jesús se pavoneaba con un traje color paloma, mientras riendo acusaba a Judas de no saber bromear con santa alegría.
Y entonces Jorge, después de quitarse los vitra ad legendum, encendió una zarza ardiente con leña que había traído Sara, que Jefté había recogido, que Isaac había descargado, que José había cortado, y, mientras Jacob abría el pozo y Daniel se sentaba junto al lago, los sirvientes traían agua; Noé, vino; Agar, un odre; Abraham, un ternero, que Raab ató a un poste mientras Jesús sostenía la cuerda y Elías le ataba las patas. Después, Absalón lo colgó del pelo, Pedro tendió la espada, Caín lo mató, Herodes derramó su sangre, Sem arrojó sus vísceras y excrementos, Jacob puso el aceite, Molesadón puso la sal, Antíoco lo puso al fuego, Rebeca lo cocinó y Eva fue la primera en probarlo, y buen chasco se llevó. Pero Adán decía que no había que preocuparse, y le daba palmadas en la espalda a Severino, que aconsejaba añadirle hierbas aromáticas. Después Jesús partió el pan y distribuyó pescados, y Jacob gritaba porque Esaú se le había comido todas las lentejas, Isaac estaba devorando un cabrito al horno, Jonás una ballena hervida y Jesús guardó ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches.
Entre tanto, todos entraban y salían llevando exquisitas piezas de caza, de todas formas y colores, y las partes más grandes eran siempre para Benjamín, y las más buenas para María, mientras que Marta se quejaba de ser la que siempre lavaba los platos. Después cortaron el ternero, que a todo esto se había puesto enorme, y a Juan le tocó la cabeza, a Absalón la cerviz, a Aarón la lengua, a Sansón la mandíbula, a Pedro la oreja, a Holofernes la testa, a Lía el culo, a Saúl el cuello, a Jonás la barriga, a Tobías la hiel, a Eva la costilla, a María la teta, a Isabel la vulva, a Moisés la cola, a Lot las piernas y a Ezequiel los huesos. Mientras tanto, Jesús devoraba un asno, San Francisco un lobo, Abel una oveja, Eva una morena, el Bautista una langosta, Faraón un pulpo (por supuesto, dije para mí, pero, ¿por qué?) y David comía cantárida y se arrojaba sobre la muchacha nigra sed formosa, mientras Sansón hincaba el diente en el lomo de un león, y Tecla huía gritando, perseguida por una araña negra y peluda.”



El nombre de la rosa de Jean-Jacques Annaud

TITULO ORIGINAL
Le nom de la rose (aka: Der Name der Rose)
AÑO
1986
DURACIÓN
131 min.
PAÍS
Francia
DIRECTOR
Jean-Jacques Annaud
GUIÓN
Andrew Birkin, Gérard Brach, Howard Franklin, Alain Godard (Novela: Umberto Eco)
MÚSICA
James Horner
FOTOGRAFÍA
Tonino Delli Colli
REPARTO
Sean Connery, Christian Slater, F. Murray Abraham, Michael Lonslade, Valentina Vargas, Ron Perlman
PRODUCTORA
Coproducción Francia-Italia-Alemania
GÉNERO Y CRÍTICA
Intriga. Edad Media / SINOPSIS: Siglo XIV. Todo comienza una hermosa mañana de finales de noviembre del año del señor 1327 cuando Fray Guillermo de Baskerville (Sean Connery), un monje franciscano y antiguo inquisidor, y su inseparable discípulo el novicio Adso de Melk (Christian Slater), que es quien relata la historia, acuden a una abadía benedictina situada en el norte de la península italiana para intentar esclarecer la muerte del joven miniaturista Adelmo da Otranto. Durante su estancia en la abadía van desapareciendo misteriosamente más monjes, a quienes encuentran muertos al poco tiempo. Lentamente, y gracias a la información aportada por algunos monjes, Guillermo va esclareciendo los hechos. El móvil de los crímenes parecen ser unos antiguos tratados sobre la licitud de la risa que se encuentran en la biblioteca del complejo, de la cual se dice que es la mayor del mundo cristiano. ¿Quién es el asesino? ¿Qué hicieron sus víctimas para morir asesinadas? Nadie lo sabe... (Filmaffinity)
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Acertada adaptación de la exitosa novela de Umberto Eco, "El nombre de la rosa" es una tenebrosa intriga medieval que relata la magnífica historia de un sabio monje franciscano (Connery) que, junto a su pupilo (Slater), acude a una abadía remota para intentar resolver unos extraños y misteriosos asesinatos a los que nadie encuentra explicación aparente. Del argumento no se deben dar más datos. Una excelente ambientación e interpretaciones impecables se pusieron al servicio de una gran obviedad: que aquel libro fascinante y complejo tenía un interesantísima intriga que pedía a gritos su adaptación al cine. (Pablo Kurt: Filmaffinity)