Casanova (1976)





Film Federico Fellini
Memorias Giacomo Casanova

Introducción a las Memorias de Casanova
Empiezo por confesar a mis lectores que, en todo lo bueno o malo que haya hecho durante el curso de mi vida, estoy seguro de no haberme enaltecido o rebajado, y que por consiguiente he de considerarme libre.
La doctrina de los estoicos, como la de cualquier otra secta fundamentada en la fuerza del destino, es una quimera de la imaginación que conduce al ateísmo. No solamente soy monoteísta, sino que además soy cristiano fortificado por la filosofía, disciplina que nunca ha perjudicado.
Creo en la existencia de un Dios inmaterial, escultor y dueño de todas las formas. Nunca he dudado de él y siempre he contado con su providencia, invocándola en mis horas de infortunio, y sintiéndome siempre protegido. La desesperación mata; la oración disipa. Cuando un hombre ha orado, experimenta confianza y obra con resolución. En cuanto a los medios de que el soberano de los seres se sirve para alejar las inminentes desgracias de los que imploran su auxilio, es cosa cuyo conocimiento es superior al ámbito de la inteligencia del hombre que, en el instante mismo en que observa lo incomprensible de la providencia divina, se ve reducido a adorarla. Nuestra ignorancia se trasforma en nuestro único recurso, y los verdaderos afortunados son aquellos que la aprecian. Hay, pues, que rogar a Dios y creer que se ha obtenido la gracia que le hemos implorado, aun cuando la apariencia atestigüe lo contrario. En cuanto a la actitud corporal para dirigirse al Creador, nos la indica este verso de Petrarca:
Con la ginochia della mente inchine* [* Con la rodilla de la mente doblada.]
El hombre es libre, pero pierde su libertad cuando no cree en ella y cuanta más fuerza otorga al destino tanto más se priva de la que Dios le ha dado proveyéndole de razón, la cual es un átomo de la divinidad del Creador. Si nos servimos de ella para ser humildes y justos, no podemos menos de agradar al que nos la ha dado. Dios no deja de ser Dios para los que conciben su inexistencia; y esta concepción ha de ser para ellos el peor de todos los castigos.
No porque el hombre sea libre hay que suponerlo dueño de hacer lo que quiera, pues se vuelve esclavo cuando se deja llevar por una pasión dominante. El más prudente de los hombres es el que mejor posee la capacidad de detener sus actos hasta que vuelva la calma; pero estos seres son pocos.
El lector verá en estas Memorias que no habiéndome fijado un rumbo determinado, no tuve más sistema, si tal puede llamarse al mío, que el de dejarme llevar por el viento que soplaba. ¡Cuántas vicisitudes en esta independencia de método! Mis éxitos y mis fracasos, el bien y el mal que experimenté, todo ha contribuido a demostrarme que en este mundo, ya en el físico, ya en el moral, el bien deriva del mal como el mal, del bien. Mis extravíos indicarán a los reflexivos los caminos contrarios, o les enseñarán el arte de evitar los escollos. Todo consiste en tener valor, pues la fuerza sin la confianza, de nada sirve. Con frecuencia he visto llegar la dicha después de un avance imprudente que hubiera tenido que conducirme al precipicio; y después de reprocharme la imprudencia, he dado las gracias a Dios. En cambio también vi surgir más de una terrible desgracia de una excelente conducta dictada por la prudencia. Esto me humillaba; pero convencido de estar justificado, me consolaba fácilmente.
Pese a la excelente moral, producto de los divinos principios arraigados en mi corazón, toda la vida he sido víctima de mis sentidos: me he complacido en extraviarme; he vivido continuamente en el error sin más consuelo que no ignorar que me hallaba en él. Por lo mismo, espero, lector, que lejos de encontrar en mi historia la demostración de una imprudente jactancia, no encontrarás sino el ejemplo de una confesión general, sin que en el estilo de mis narraciones se vean las obsesiones de un penitente, ni el aire cohibido del que se avergüenza de admitir sus locuras. Se trata de acciones propias de la juventud; y si eres bueno te harán reír, como me han hecho reír a mí.
Reirás al ver que he solido engañar sin escrúpulos a picaros, a atolondrados y a necios, hallándome en la necesidad. En lo que hace a las mujeres, son engaños recíprocos que no se toman en cuenta, porque en presencia del amor, ordinariamente hay falacia por partida doble. En cuanto a los necios, la cosa es muy distinta. Me felicito cuando recuerdo que hice caer a muchos en mis redes, pues son insolentes y presuntuosos hasta el punto de provocar al ingenio. Creo que engañar un necio es una hazaña a la medida de un hombre inteligente. No confundo a los necios con los hombres que calificamos de brutos, pues estos son tales sólo por falta de educación, y por ello no me disgustan del todo. Los he visto muy honrados, y los hay cuyo carácter rudo muestra una especie de ingenio, un buen sentido que los aparta mucho del carácter de los necios.
Examinando el tono de este prólogo, lector, fácilmente comprenderás mi objeto. Lo escribo porque quiero que me conozcas como soy, espontáneo y cotidianamente.
He escrito mi historia, y esto nadie puede censurarlo; pero, ¿hago bien en presentarla al público? No; sé que cometo una locura. Pero si siento la necesidad de ocupar mis ocios y reír, ¿por qué he de abstenerme de hacerlo?
Un autor antiguo, un maestro, ha dicho: "Si no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe al menos algo digno de ser leído". Este precepto vale oro, pero no me es aplicable, porque no escribo una novela ni la historia de un personaje ilustre. Digna o indigna, mi vida es cosa mía y esto es mi vida.
En 1797, a la edad de setenta y dos años, cuando puedo decir vixi y aún vivo, no me sería fácil hallar una distracción más agradable que la de entretenerme en contar mis propias aventuras y proporcionar buenos ratos de esparcimiento a las personas que suelen escucharme, que me han demostrado amistad y que siempre he frecuentado. Para escribir bien basta imaginarse que ellas me leerán. En cuanto a los profanos a quienes no podré impedir que me lean, me basta decir que no escribo para ellos.
Al recordar mis antiguos placeres, los renuevo y gozo con ellos otra vez, tanto como río de las penas pasadas, que no vuelvo a padecer. Miembro del universo, hablo y se me figura que doy cuentas de mi vida como un mayordomo, de su administración. En lo que hace a mi porvenir, como filósofo nunca he querido preocuparme porque de él nada sé y, como cristiano, sé que la fe ha de creer sin razonar y que la más pura guarda un profundo silencio.
Mi historia se inicia a la edad de ocho años y cuatro meses, por el primer suceso de que tengo memoria. Antes de esta época no hice más que vegetar.
Como estoy obligado a decir algo sobre mi temperamento y mi carácter, el más indulgente de mis lectores no ha de ser menos honrado ni menos desprovisto de talento. He tenido sucesivamente todos los temperamentos: el pituitoso en mi infancia; el sanguíneo en mi juventud; más tarde el bilioso, y por último tengo el melancólico, que probablemente no ha de abandonarme. Ajusto mi comida a mi constitución y he gozado siempre de muy buena salud, sabiendo desde casi niño que lo que la altera es el abuso, tanto de comida como de abstinencia. Nunca he tenido otro médico que mi misma persona.
Actualmente, como soy viejo, estoy obligado, a pesar de la excelencia de mi estómago, a no hacer más que una comida al día; pero me recompensa de ello el sueño tranquilo y la facilidad con que expongo mis razonamientos por escrito sin recurrir a paradojas ni sofismas.
El temperamento sanguíneo hizo de mi un ser muy impresionable a los atractivos de la voluptuosidad; siempre estaba de buen humor y dispuesto a pasar de un goce a otro, mostrándome además muy ingenioso para inventar placeres nuevos. Así surgió sin duda mi inclinación en estrechar siempre nuevas relaciones y mi gran facilidad en romperlas. Los defectos temperamentales no pueden corregirse porque el temperamento es independiente de nuestras fuerzas; no sucede lo mismo con el carácter. Este lo conforman el espíritu y el corazón.
Habiendo reconocido que en el curso de mi vida he obrado con más frecuencia impulsado por el sentimiento que por mis reflexiones, admito que mi conducta ha dependido antes de mi carácter que de mi espíritu, generalmente opuestos entre sí, y en sus continuos choques nunca he hallado en mí juicio suficiente para mi carácter, o bastante carácter para mi juicio.
Cultivar el placer de los sentidos, fue siempre mi principal ocupación. Me sentí nacido para el bello sexo; lo he querido toda mi vida, y me he dejado querer tanto como he podido. También he sido aficionado a los placeres de la mesa y apasionado por todas las cosas que suscitaban mi curiosidad.
He tenido amigos que me han hecho favores y he tenido la alegría de poderles dar prueba de mi gratitud. No me han faltado enemigos odiosos que me han perseguido, y a quienes no he exterminado porque no me fue posible. Jamás los hubiera perdonado, ni he olvidado el mal que me hicieron.
El hombre que olvida una injuria no la perdona. El perdón nace de un sentimiento heroico, de un corazón noble, de un espíritu generoso; el olvido deriva de una flaqueza de memoria, o de una suerte de indolencia, propia de un ser pacífico, y a menudo de una necesidad de calma y de tranquilidad; porque el odio, con el tiempo, mata al infeliz que se complace en mantenerlo.
Llamarme sensual no está justificado, pues la fuerza de mis sentidos nunca me ha hecho descuidar mis deberes cuando los he tenido.
Me han gustado los platos exquisitos: unos buenos macarrones hecho por un buen cocinero napolitano; la olla podrida de los españoles; el bacalao de Terranova; las aves de caza y los quesos mantecosos. Por lo que respecta a las mujeres, siempre me olieron bien las que me gustaron.
Aspiro a la amistad, al aprecio y a la gratitud de mis lectores; a su aprecio, si, haciéndome justicia, encuentran en mí antes cualidades que defectos; y a su amistad, si me juzgan digno de ella por la franqueza y la buena fe con que me entrego a su fallo, sin disfraz alguno y tal como soy.
Encontrarán que fui tan devoto de la verdad, que con frecuencia empecé por mentir con el objeto de demostrar sus encantos a quienes la desconocían. No me despreciarán al verme vaciar el bolsillo de mis amigos para satisfacer mis caprichos, porque estos amigos abrigaban proyectos ilusorios, y yo esperaba apartarlos de ellos con el desengaño. Dedicaba al pago de mis placeres cantidades destinadas a adquisiciones que la naturaleza hace imposibles. Me consideraría culpable si hoy me encontrase rico; pero yo no tengo nada. Todo lo he dilapidado, y esto me consuela y justifica. Era dinero destinado a locuras, y lo hice servir para las mías.
En estas memorias no se hallarán todas mis aventuras; omito las que podrían disgustar a las personas que en ellas intervinieron. A pesar de mi reserva, más de una vez se me considerará un desmedido indiscreto. Si antes de morir me corrijo, y no me falta tiempo, lo quemaré todo; ahora me falta el coraje.
Si a veces encuentran que describo ciertas escenas amorosas con excesiva minuciosidad, que no me culpen, a no ser que lo haga mal como relator. ¿Quién se atreverá a recriminar a un viejo porque no puede gozar sino por reminiscencia? Además, la virtud podrá omitir todas las descripciones que la ofendan. Me creo en el deber de hacer esta advertencia.
Escribí estas Memorias para aquellos que por haber vivido se han hecho inaccesibles a la seducción, y por permanecer en el fuego se han convertido en salamandras.
En cuanto a mí, como me agrada reconocerme la causa principal de lo bueno o malo que me acontece, siempre me complazco en ser mi propio discípulo y en amar a mi preceptor.


Casanova, Giacomo. Memorias (Selección)


Il Casanova di Federico Fellini


Año: 1976 
Duración: 139 min.
País: Italia] 
Director Federico Fellini
Guión: Bernardino Zapponi
Música: Nino Rota
Fotografía Giuseppe Rotunno
Reparto Donald Sutherland, Tina Aumont, Cicely Brown, Carme Scarpita
Productora Produzioni Europee Associati
1976: 1 Oscar: mejor vestuario
Sinopsis: Giacomo Casanova, viejo bibliotecario del castillo del Dux, en Bohemia, recuerda su vida, repleta de historias de amor y de aventuras. Anciano, solo y desesperado, rememora sus apasionantes viajes de su juventud por todas las capitales de Europa. Filmaffinity

Crítica Filmaffinity