Disparen sobre el pianista (1960)


 


Disparen sobre el pianista (1960) 
Film: François Truffaut
Novela: David Goodis


Disparen sobre el pianista (Fragmento)
No había luces de alumbrado, no había ninguna clase de luces. Era un estrecho callejón en la sección del puerto de Richmond, de Filadelfia. Desde el cercano Delaware llegaba un viento frío, advirtiendo a los gatos del callejón que mejor buscaran un lugar más abrigado. Una tardía ráfaga de noviembre repiqueteaba contra las oscurecidas ventanas, y hería los ojos del hombre caído en la calle.
Estaba arrodillado cerca del cordón, respirando agitado, escupiendo sangre y preguntándose seriamente si su cráneo estaría fracturado. Había corrido a ciegas, su cabeza baja, así que por supuesto no había visto el poste de teléfonos. Se había estrellado de cara contra él, primero. Luego rebotado y caído en el empedrado; entretanto, buscaba la forma de llamar de algún modo a una noche así.
—Pero no puedes, se dijo, tienes que levantarte y seguir corriendo.
Se levantó lenta, torpemente. Había una gran hinchazón en el lado izquierdo de su cabeza, su ojo y su pómulo izquierdos estaban bastante magullados y el interior de su mejilla sangraba demasiado en el lugar donde se había golpeado al dar contra el poste. Pensó en el estado como se encontraría su cara, y alcanzó a hacer una mueca, diciéndose: —lo estás haciendo muy bien, Jim. Realmente estás en gran forma. Pero creo que lo conseguirás, decidió, y ahí estaba corriendo nuevamente, corriendo de repente muy ligero hacia las luces que indicaban la esquina, el coche cobrando más velocidad, el ruido del motor próximo a él.
Las luces de un letrero le mostraron la entrada a un callejón. Dobló, entró disparado en él, llegó hasta el final, y desembocó en otra callejuela estrecha.
—Quizá es ésta, se dijo. Quizá es la calle que quieres. No, tu suerte se está volviendo en tu favor pero no tanto. Pienso que tendrás que correr todavía bastante antes de encontrar tu calle, de ver ese letrero luminoso, el bar en el que Eddie trabaja, ese lugar llamado La Cabaña de Harriet.
El hombre siguió corriendo. Al final de la calle dobló y se metió en la siguiente, hurgando en la oscuridad en busca de un rastro del letrero luminoso. —Tienes que llegar ahí, se dijo. Tienes que dar con Eddie antes que ellos den contigo. Pero me gustaría conocer mejor esta vecindad. Quisiera que no estuviese tan frío y tan oscuro por aquí. Por cierto que no es una noche como para andar a pie. Especialmente si estás corriendo, agregó. Especialmente si estás huyendo de un Buick muy ligero con dos profesionales en él, dos operarios calificados, verdaderos expertos en su materia.
Llegó a otra intersección, miró al fondo de la calle y hacia el final ahí estaba: la lámpara naranja, el letrero luminoso de la taberna, en la misma esquina. Era un letrero muy viejo, con lámparas incandescentes separadas en lugar de tubos de neón. Faltaban algunas de las lámparas, las letras eran ilegibles. Pero quedaban suficientes como para que cualquier curioso pudiese ver que se trataba de un lugar para beber. Era La Cabaña de Harriet.
El hombre se movió lentamente ahora, casi tambaleándose a medida que se acercaba al lugar. Su cerebro estaba latiendo, sus pulmones, ávidos de aire, le parecían indistintamente helados o ardientes, no estaba muy seguro de cuál era en realidad su: estado. Y lo peor de todo, sus piernas estaban pesadas, y se volvían más pesadas, sus rodillas se doblaban. Pero siguió tambaleándose hacia la señal luminosa, cada vez más cerca, hasta que finalmente llegó junto a la puerta de entrada. La abrió y entró en La Cabaña de Harriet. Era un sitio sorprendentemente grande, de techos muy altos, y tenía por lo menos treinta años de antigüedad. No había gramófono, ni aparato de televisión. En ciertos lugares faltaba el empapelado y en otros estaba desgarrado. Mesas y sillas habían perdido su barniz, y el bronce de la barra del bar carecía de brillo. Sobre el espejo, detrás del bar, había una fotografía borrosa y parcialmente rasgada de un aviador muy joven, con su casco puesto y sonriéndole al cielo. La foto estaba rotulada "Lindy, el afortunado". Cerca había otra foto que mostraba a Dempsey agazapado y moviéndose hacia un técnico y calmo Tunney. En la pared contigua al lado izquierdo del bar había una pintura con marco que representaba a Kendrick, alcalde de Filadelfia durante el Sesquicentenario.
En el bar, la muchedumbre de los viernes a la noche estaba apiñada en tres o cuatro hileras. Muchos de los bebedores usaban mamelucos y pesados zapatos de trabajo. Algunos eran muy viejos, sentados en grupos en las mesas, los cabellos blancos y las caras arrugadas. Pero sus manos no temblaban cuando levantaban las jarras de cerveza y las copas de licor. Podían todavía sostener sus copas tan bien como cualquier cliente de la Cabaña, y llevaban el alcohol a sus labios con cierta digna apostura que les daba la apariencia de venerables ancianos en una convención municipal.
El lugar estaba verdaderamente atiborrado. Todas las mesas estaban ocupadas, y no había una sola silla libre para que pudiese repatingarse un fatigado recién llegado.
Pero el hombre fatigado no buscaba una silla. Buscaba un piano. Podía escuchar la música que venía del piano, pero no podía ver el instrumento. Una borrosa neblina de humo de tabaco y vapores del alcohol hacían que todo resultase vago, casi opaco. O quizá sea yo, pensó. Quizá esté casi listo, a punto de encallar.
Se movió. Avanzó tambaleándose entre las mesas, en dirección a la música. Nadie le prestó atención, ni siquiera cuando tropezó y cayó. A veinte minutos pasada medianoche, gran parte de los parroquianos de La Cabaña de Harriet estaban artificialmente alegres, o bien fuera de combate. Eran trabajadores del puerto de Richmond, que trabajaban duro toda la semana. Llegaban aquí para beber, y para beber aún más, para olvidar cualquier asunto serio, para ignorar cada uno y todos los problemas del demasiado real y demasiado tajante mundo que se extendía más allá de las paredes de la Cabaña. Ni siquiera prestaron atención al hombre que se incorporaba muy lentamente desde el aserrín del piso y se paraba con su cara machacada y su labio sangrante, haciendo muecas Y murmurando: —Puedo oír la música, bien. Pero ¿dónde está ese condenado piano?
Entonces se tambaleó nuevamente, tropezando con una pila de cajas de cerveza alineadas contra la pared que formaban una especie de pirámide. Siguió su contorno, sus manos tanteando el cartón de las cajas, hasta que finalmente no hubo más cajas y casi cae nuevamente.
Lo mantenía en pie la imagen borrosa del piano, especialmente la visión del pianista sentado en su banquillo circular, ligeramente encorvado y esbozando una sonrisa lejana e indiferente, sonriendo a nadie en particular.
El hombre de la cara magullada, las piernas cansadas, curiosamente alto y de anchos hombros, con un delgado mechón de cabellos rubios, se aproximó al piano. Llegó hasta detrás del pianista, puso una mano sobre su hombro, y dijo:
—Hola, Eddie.
No hubo respuesta del músico, ni siquiera un movimiento del hombro sobre el cual la pesada mano había ejercido una presión mayor. Y el hombre pensó: —Tan distante está, que ni siquiera te oye. Está totalmente ausente, lejos, con su música, y es una vergüenza que tengas que traerlo otra vez acá. Pero así son las cosas, no tienes elección.
—Eddie —dijo el hombre, más fuerte ahora—. Soy yo, Eddie.
La música prosiguió, el ritmo inflexible. Era un ritmo suave, deslizante, por veces quejoso y soñador, una corriente de placentero sonido, que parecía estar diciendo: Nada tiene importancia.
—Soy yo —decía el hombre, sacudiendo el hombro del músico—. Soy Turley. Tu hermano Turley.
El músico continuó con su música. Turley suspiró y sacudió lentamente la cabeza. Pensó: no puedes llegar a él. Es como si estuviese en una nube y nadie pudiese moverlo.
Pero de repente la melodía cesó. El músico se volvió lentamente, miró al hombre y dijo:
—Hola, Turley.
—De veras eres un tipo extraño —dijo Turley—. No me has visto en dieciséis años y me miras como si simplemente acabase de dar una vuelta a la manzana.
—¿Tropezaste con algo? —preguntó suavemente el músico, mirando la cara magullada, el labio sangrante.
Una mujer se levantó de la mesa vecina y se dirigió hacia una puerta marcada Damas. Turley vio la silla vacía, se apoderó de ella, la arrastró hasta el piano y se sentó. Un hombre desde la mesa gritó:
—Eh, usted, esa silla está ocupada.
Y Turley le dijo:
—Quédate tranquilo, Jim, ¿no ves que soy un inválido?
Se volvió hacia el músico, hizo una mueca y dijo:
—Sí, tropecé con algo. La calle estaba demasiado oscura y golpeé contra un poste.
—¿De quién huías?
—No de la ley, si estás pensando en eso.
—No estoy pensando en nada —dijo el músico. Era de estatura mediana, de tipo desgarbado, y andaba alrededor de los treinta. Estaba ahí sentado, sin expresión especial en su rostro.
—¿Para eso estás aquí? —dijo suavemente Eddy—. ¿Para meterme en algo?
Turley no replicó. Volvió lentamente la cabeza, mirando más allá del músico. La consternación se dibujó en su rostro, como si supiese lo que quería decir pero todavía no pudiera expresarlo.
—No tendrás suerte —dijo Eddie.
Turley suspiró. A poco que se desvaneció, apareció otra vez la mueca.
—Bien, de todos modos, ¿cómo te va?
—Muy bien, dijo Eddie.
—¿Sin problemas?
—De ninguna clase, todo anda muy bien.
—¿Incluso las finanzas?
—La paso bien —Eddie se encogió de hombros, pero sus ojos se encogieron ligeramente.
Turley suspiró otra vez.
Eddie dijo:
—Lo siento, Turley, estoy fuera del juego.
—Pero escucha…
—No —dijo Eddie—  no importa de qué se trate, no puedes meterme en ello.
—Pero carajo, lo menos que puedes hacer es…
—¿Cómo está la familia? —preguntó Eddie.
—¿La familia? —Turley parpadeó. Luego retomó el hilo—. Estamos todos muy bien. Mamá y papá están formidables.
—¿Y Clifton? —dijo Eddie.—  ¿Cómo está Clifton? —refiriéndose al otro hermano, el mayor.
La mueca de Turley se hizo más extensa.
—Bien, ya sabes cómo es Clifton. Siempre par ahí, a la pesca.
—¿Y pesca?
Turley no contestó. La mueca permanecía, pero pareció aflojarse un tanto. Entonces dijo:
—Has estado fuera mucho tiempo. Te extrañamos.
—¿Cómo supiste dónde encontrarme?
Eddie se encogió de hombros.
—Realmente te extrañamos —dijo Turley. —Siempre hablamos de ti.
Eddie miró fijamente a su hermano. La sonrisa distante se deslizó por sus labios. No dijo nada.
—Después de todo —dijo Turley—  eres de la familia. Nunca te pedimos que te fueras. Quiero decir que siempre eres bienvenido a nuestra casa. Lo que quiero decir es…
—¿Cómo supiste dónde encontrarme?
—En realidad no lo sabía. No al principio. Luego recordé que en la última carta que recibimos mencionaste el nombre de este lugar. Me imaginé que estarías todavía aquí. En todo caso, así lo esperé. Bien, hoy andaba por los alrededores y busqué la dirección en la guía de teléfonos.
—¿Hoy?
—Quiero decir esta noche. Quiero decir…
—Quieres decir: cuando las cosas se pusieron difíciles, me buscaste. ¿No es eso?
Turley pestañeó nuevamente:
—No te sulfures.
—¿Quién se sulfura?
—Estás encolerizado, pero lo disimulas bastante —dijo Turley. Luego comenzó otra vez con sus muecas. —Imagino que aprendiste ese truco viviendo aquí en la ciudad. Nosotros, la gente del campo, los comilones de melón de South Jersey no podemos aprender esa astucia. Siempre tenemos que mostrar nuestras cartas.
Eddie no hizo comentarios. Miró distraídamente el teclado y tocó unas pocas notas.
—Me metí en un lío —dijo Turley.
Eddie siguió tocando. Las notas en las octavas más altas, los dedos muy ligeros sobre el teclado, creando una especie de tema regocijado, garrulero.
Turley cambió su posición en la silla. Miró alrededor; sus ojos observaban sucesivamente la puerta de entrada, la del costado, y la que conducía a la salida trasera.
—¿Quieres oír algo realmente bueno? —dijo Eddie—. Escucha esto.
La mano de Turley bajó hasta los dedos que pulsaban el teclado. A través del desacorde resultante, su voz surgió urgente, algo ronca:
—Tienes que ayudarme, Eddie. Estoy realmente en un apuro. No puedes darme la espalda.
—Tampoco puedes envolverme en ello.
—Créeme, no quiero que te veas envuelto. Todo lo que te pido es que me dejes quedar en tu cuarto hasta mañana.
—No quieres decir quedarme. Quieres decir esconderme.
De nuevo Turley suspiró profundamente. Luego asintió.
—¿De quién? —preguntó Eddie.
—Dos buscalíos.
—¿De veras? ¿Estás seguro que son ellos los que armaron el lío? Quizá fuiste tú.
—No, fueron ellos —dijo Turley—. Me han hecho pasar tribulaciones desde temprano.
—Vamos al punto. ¿Qué clase de tribulaciones?
—Perseguirme. Han estado detrás de mí desde el momento que dejé Dock Street.
—¿Dock Street? —Eddie arrugó ligeramente el entrecejo—. ¿Qué estabas haciendo en Dock Street?
—Bien, estaba… Turley vaciló, tragó con dificultad, luego salteó Dock Street y dijo abruptamente:
—Condenado sea, no estoy pidiendo la luna. Todo lo que tienes que hacer es refugiarme una noche.
—Espera —dijo Eddie—. Volvamos a Dock Street.
—Mierda.
—Y otra cosa —siguió Eddy—. ¿Qué estás haciendo aquí en Filadelfia?
—Negocios.
—¿Qué clase de negocios?
Turley pareció no oír la pregunta. Respiró profundamente:
—Algo anduvo mal. Lo primero de que me entero es que tengo a estos dos colgados de mi cuello. Luego, lo que empeora todavía las cosas, quedé limpio de dinero. Fue en una dudosa casa de la Avenida Delaware, donde algún bromista me quitó la billetera. De no haber sido por eso, hubiera podido pagar mi traslado, al menos algún taxi con el cual trasponer los límites de la ciudad. Como estaban las cosas, sólo me habían dejado algunas monedas, por lo cual cada vez que tomaba un ómnibus estaban detrás de mí en un Buick de primera mano. Te digo de veras, ha sido un duro viernes para mí, Jim. De todos los malditos días en que he estado con los bolsillos vacíos…
—Todavía no me has dicho algo…
—Te daré la versión completa luego. Ahora estoy falto de tiempo.
Al tiempo que lo decía, Turley volvía la cabeza para echar otra mirada a la puerta que daba a la calle. En forma distraída sus dedos tocaron el golpeado costado izquierdo de su cara, e hizo una mueca de dolor. La mueca se desvaneció a medida que el vértigo reapareció, y comenzó a inclinarse de lado a lado, como si la silla tuviese ruedas y se estuviera moviendo en un pavimento desparejo. —¿Qué diablos pasa con el piso? —murmuró—. Sus ojos ahora entrecerrados. —¿Qué clase de basurero es éste? ¿No pueden siquiera tener quieto el piso? Ni siquiera es posible tener derecha la silla.
Comenzó a deslizarse de la silla. Eddie lo tomó por los hombros y lo sostuvo.
—Te pondrás bien —dijo Eddie—. Simplemente descansa.
—¿Descansa? —dijo vagamente—. ¿Quién quiere descansar? —El brazo de Turley ondeó flojamente para indicar el alborotado bar y las mesas abarrotadas—. Mira a esa gente divirtiéndose. ¿Por qué no puedo divertirme yo? ¿Por qué yo no…?
—Es malo —pensó Eddie—. Peor de lo que me figuré. Lo han estropeado seriamente ahí fuera. Pienso que lo que tendremos que hacer es…
—¿Qué le sucede? —dijo una voz.
Eddie miró y vio a Harriet, la propietaria de la Cabaña.
Era una mujer muy gorda de alrededor de cuarenta y cinco años. Tenía cabellos oxigenados, pechos inmensos y sobresalientes y tremendas caderas. A despecho de su excesivo peso, tenía sin embargo una cintura estrecha. Su rostro tenía un aire eslavo, su nariz de base ancha y ligeramente respingada, los ojos gris azulado, con cierta mirada que decía: si haces trato conmigo, haces buen trato. No tengo tiempo para rateritos, carteristas, o cualquier tipo de parásitos, fanfarrones y seudo-artistas. Trata de pasarte de listo y volarás a comprarte una dentadura nueva.
Turley se estaba deslizando nuevamente de la silla. Harriet lo atrapó al tiempo que se inclinaba hacia un lado. Sus gruesas manos lo sostuvieron firmemente de las axilas, mientras se aproximaba para examinar la hinchazón de su cabeza.
—Ha sido golpeado en forma —dijo Eddie—. Está realmente acabado. Pienso…
—No está tan terminado como parece —le cortó Harriet secamente—. Si no cesa de hacer lo que está haciendo, va a recibir más todavía.
Turley le había pasado un brazo por la cadera, y su mano se deslizaba a lo largo de la ultra-amplia y suavemente sólida curva. Ella se volvió, lo tomó por la muñeca y le apartó el brazo.
—Estás, o bien loco de borracho, o enloquecido a golpes, o simplemente loco —le informó—. Intenta eso otra vez y necesitarás que te enyesen la mandíbula. Ahora siéntate quieto mientras echo una mirada.
—Yo también echaré una mirada —dijo Turley. Y mientras la gorda mujer se inclinaba sobre él para estudiar su dañado cráneo, realizó un serio estudio de su busto de un metro diez. Nuevamente su brazo se deslizó por la cadera, nuevamente ella lo apartó.
—Te la estas buscando —le dijo, cerrando su puño—. ¿Realmente lo quieres, eh?
Turley parpadeó a la vista del puño.
—Siempre lo quiero, rubia. No hay hora del día en que no quiera.
—¿Te parece que necesita un doctor? —preguntó Eddie.
—Lo que necesito es una nodriza grande y gorda —balbuceaba Turley. La mirada perdida, como un idiota. Luego miró alrededor, como tratando de figurarse en qué lugar se encontraba. —Eh, díganme algo. Simplemente me gustaría saber…
—¿Qué año es? —dijo Harriet—. Mil novecientos cincuenta y seis, y la ciudad es Filadelfia.
—Pueden hacer algo mejor —dijo Turley algo más fuerte—. Lo que realmente quiero saber es… Pero la niebla lo envolvió otra vez y quedó sentado, mirando fijamente pasar a Harriet, a Eddie, la mirada vidriosa.
Harriet y Eddie lo miraron, luego se miraron. Eddie dijo: —Si sigue así necesitará una camilla.
Harriet echó otra mirada a Turley. Hizo su diagnóstico final, diciendo:
—Se pondrá bien. Los he visto así antes. En el ring. Un nervio es alcanzado y pierden toda la noción de lo que está sucediendo. Luego, lo primero que ves es que están de nuevo manos a la obra, y que lo hacen lo más bien.
Eddie estaba convencido solo a medias.
—¿Realmente piensas que se pondrá bien?
—Seguro lo hará —dijo Harriet—. Échale una mirada. Está hecho de roca. Conozco su clase. Reciben, y les gusta, y vuelven por más.
—Es cierto —dijo Turley solemnemente. Sin mirar a Harriet, estiró su mano para estrechar la de ella. Luego cambió de idea y su mano se dirigió en otra dirección. Harriet sacudió su cabeza en signo de desaprobación maternal. Una pensativa sonrisa iluminó sus endurecidas facciones, una sonrisa comprensiva. Bajó su mano hasta la cabeza de Turley, puso sus dedos entre sus desarreglados cabellos, desarreglándolos aún más, como haciéndole saber que La Cabaña de Harriet no era un lugar tan inhóspito como parecía, que era un lugar donde él podría descansar un momento y reponerse.
—¿Quién lo conoce? —dijo a Eddie—. ¿Quién es?
Antes que Eddie pudiese responder, Turley salía nuevamente de un neblinoso paseo diciendo:
—Miren aquello del otro lado del salón, ¿qué es?
Harriet le habló suavemente, en forma casi clínica:
—¿Qué querido? ¿Dónde?
El brazo de Turley se alzó. Trató de señalar. Le llevó considerable esfuerzo y finalmente lo logró.
—¿Quieres decir la camarera? —preguntó Harriet.
Turley no pudo contestar. Tenía sus ojos fijos en el rostro y el cuerpo de la morocha que estaba en el extremo del salón. Tenía puesto un delantal y llevaba una bandeja.
—¿Realmente te gusta eso? —preguntó Harriet. Le desarregló los cabellos. Guiñó un ojo a Eddie.
—¿Si me gusta? —dijo Turley—. He estado buscando durante mucho tiempo algo por el estilo. Es la clase de material que aprecio. Quiero conocerla. ¿Cómo se llama?
—Lena.
—Está muy bien —dijo Turley. Se restregó las manos—. Realmente está muy bien.
—Entonces, ¿cuáles son tus planes? —preguntó Harriet lentamente, como si lo dijese en serio.
—Cuatro bocados es todo lo que necesito —el tono de Turley era preciso y técnico—. Una copa para mí y una para ella. Eso hará que la cosa funcione.
—Seguro que lo hará —dijo Harriet, diciéndolo más para sí misma y con genuina seriedad, sus ojos dirigidos ahora a través de la repleta Cabaña, enfocados en la camarera. Y luego, a Turley—. Si piensas que tienes chichones ahora, tendrás verdaderos chichones si das algún paso en ese sentido.
Miró a Eddie, esperando algún comentario. Eddie se había desentendido del asunto. Volvió su cara al teclado. Su cara mostraba la sonrisa indiferente y lejana y nada más.



Tirez sur le pianiste / François Truffaut





Año: 1960
Duración: 80 min. 
País: Francia
Director: François Truffaut
Guión: François Truffaut & Marcel Moussy (Novela: David Goodis) 
Música: Georges Delerue 
Fotografía: Raoul Coutard 
Reparto: Charles Aznavour, Marie Dubois, Nicole Berger, Albert Rémy, Claude Mansard, Daniel Boulanger,Michèle Mercier, Richard Kanayan 
Productora: Les Films du Carrosse 
Género: Drama. Thriller | Crimen. Música. Nouvelle vague 
Sinopsis: Charlie Kohler, antiguamente un gran concertista de piano, trabaja ahora como pianista en un popular cabaret de una ciudad. Charlie se las ha arreglado para ocultar a todos y mantener en secreto su misterioso pasado, pero, inesperadamente, aparece uno de sus hermanos pidiéndole ayuda. Filmaffinity