Trainspotting (1996)



Trainspotting

Film: Danny Boyle

Novela: Irvine Welsh


A walk on the wild side

Por Alejandro Díaz


En 1996, el Festival de Cine de Cannes acogió el estreno de la película Trainspotting, convertida inmediatamente en un fenómeno de público (y también de crítica) en todo el mundo. Se trata de un trabajo que surge como combinación de una serie de talentos en un momento creativo en estado de gracia. El origen está en una novela de Irvine Welsh publicada en 1993, y los principales encargados de su translación al cine son el productor Andrew MacDonald, el guionista John Hodge y el realizador Danny Boyle, responsables de una prometedora película anterior titulada Tumba abierta (1993). Se podría decir, aún a riesgo de caer en el tópico, que esa combinación de elementos ocurrió en el momento preciso y en el lugar adecuado para conseguir un film que, además de ser un referente generacional para quienes atravesaron su juventud en los años 90 y una pieza de culto cinematográfico, recoge el espíritu de su tiempo con una honestidad (o incluso inconsciencia) que lo convierte en un notable catálogo sobre algunos de los cambios que se produjeron en la segunda mitad de la década pasada en la sociedad occidental. Efectivamente, esta historia sobre jóvenes de Edimburgo y sus coqueteos (valga el eufemismo) con las drogas (legales o no), el crimen y otras actividades socialmente peor o mejor aceptadas nos termina hablando, además de sobre los temas señalados, sobre el modo en que las relaciones personales (de amistad, familiares o sentimentales) se han ido transformando a medida que el capitalismo se asienta definitivamente a nivel mundial como el sistema de organización social más aparentemente deseable para lograr el bienestar de sus ciudadanos.


Para situarnos brevemente en la época de realización del film, baste recordar que nos encontramos en el umbral de la eclosión de las nuevas tecnologías en el seno de la cotidianeidad humana. Son los comienzos de internet y los instantes previos a la proliferación de teléfonos móviles entre la población, así como el principio del declive definitivo de los formatos no-digitales de vídeo y audio. Las normas sociales empiezan a transformarse con una cierta libertad caótica que puede resultar excitante —basta dar un vistazo a un film como Los ladrones (1996) de André Téchiné para contagiarse de esa sensación— aunque también puede albergar un poso de profunda melancolía (cf. el LP The Bends, de los británicos Radiohead, editado en 1995). Pero si hay una película que tenía una presencia realmente destacada en el imaginario de los espectadores más jóvenes en aquel momento era sin duda Pulp Fiction (1994), el exitoso (particularmente en Gran Bretaña) segundo largometraje de Quentin Tarantino, director en quien por aquel entonces recaían grandes esperanzas de cara al futuro del cine. La influencia de este título en un film como Trainspotting resulta no por indirecta menos apreciable. Además de la utilización en la banda sonora de la película de canciones compuestas previamente, tanto una como otra son películas con un ritmo trepidante, con una narración más dinámica, llamativa y/o sofisticada de lo habitual en aquellos momentos, contagiada por una posmodernidad que en aquellos instantes renegaba frontalmente de toda concepción academicista de la puesta en escena. Pero, sobre todo, tanto el film de Tarantino como el de Boyle deciden acercarse a unos personajes marginales sin aplicar a los mismos una carga impostada de moralina, sin intentar imponer al espectador juicios de valor negativos sobre los mismos. A ello contribuye, sin duda, el hecho de que tanto el diseño de producción (firmado por David Wasco en Pulp Fiction y por Kave Quinn en Trainspotting) como la fotografía (obra de Andrzej Sekula en la película de Tarantino y de Brian Tufano en la de Boyle) evitan caer en el feísmo o la sordidez visual y adquieren, por el contrario, un barniz de cierta calidez pese a que los hechos que acogen las imágenes distan mucho de ser confortables. Empero, el origen británico de Trainspotting le inocula superior dureza en tanto puede recoger de algún modo, y tal vez sin pretenderlo, el legado de una cierta tradición de cine socialmente comprometido (o contestatario).


Con todo, Trainspotting encuentra un referente tan válido o aún más que el tarantiniano en una película realizada en 1971 y titulada La naranja mecánica de Stanley Kubrick. No tan sólo porque algunos de sus planos presentan numerosas similitudes con los de la película de Kubrick, sino por la carga de nihilismo que destilan ambas propuestas. Sin duda la película de los años setenta resulta más dura y, sobre todo, mucho más salvajemente irónica que la de los noventa, pero no cabe duda de que pueden establecerse paralelismos nada descabellados entre Alex (Malcolm McDowell), el protagonista de La naranja mecánica y Renton (Ewan McGregor), el hilo conductor de las historias cruzadas de Trainspotting. Ambos son personajes que comparten una misma carencias de escrúpulos morales, productos de una sociedad en la que el individualismo extremo marca importantes decisiones vitales de forma incluso inintencionada y carente de malicia. Tanto uno como otro cometen actos inconscientes que causan daño físico o económico a otras personas (no importando que se trate incluso de sus propios amigos), pero ambas películas se cuidan mucho de mostrarse maniqueas con ellos, dado que asumen que su comportamiento es el fruto natural de una sociedad que se rige por la ley del más fuerte (o el más astuto).


La importancia que adquirió Trainspotting dentro del cine posterior resulta variopinta y es apreciable sobremanera, a mi entender, en algunos títulos británicos posteriores, demostrándose sus marcas reconocibles como bastante más solubles dentro de la industria norteamericana. Entre las primeras películas que recuerdo con numerosas similitudes podemos citar, sin duda, la olvidada Twin Town (1997) de Kevin Allen, otra historia de jóvenes cercanos a (o inmersos en) la marginalidad ambientada en esta ocasión en la ciudad galesa de Swansea, y la cual, pese a deber mucho al film de Boyle, no dejaba de tener una personalidad propia que la convertía en una propuesta interesante. También en 1997 se presentó The Life of Stuff de Simon Donald, un intento de aprovecharse del éxito de Trainspotting contando con uno de sus intérpretes más característicos, Ewen Bremmer, para una historia en la que el tráfico de drogas también tenía un importante papel. Un año después aparece otra producción que parece beber tanto de la fuente de Trainspotting como de Tarantino: Lock & Stock (1998) de Guy Ritchie, película sobre los bajos fondos en la que el humor y la violencia se dan la mano continuamente, y cuya estructura de historias entrecruzadas se repetirá en la siguiente propuesta de Ritchie, Snatch, cerdos y diamantes (2000). Sin embargo, aún en fechas recientes han aparecido películas cuya idiosincrasia puede recordar a la de Trainspotting. Tal vez la más interesante de todas sea Adam & Paul (2004) de Leonard Abrahamson, la historia de una pareja de toxicómanos que vagabundean por tierras irlandesas mientras sobreviven sin horizontes ni redenciones a la vista. Por otra parte, el éxito de la película de Danny Boyle abrió de algún modo el camino para el triunfo popular de algunas propuestas posteriores de origen británico, como puede ser el caso de títulos tan populares en el momento de su estreno como Full Monty (1997) de Peter Cattaneo, con Robert Carlyle en un papel opuesto al encarnado en Trainspotting; o Billy Elliot: Quiero bailar (2000), de Stephen Daldry, otra película que trataba de jugar la baza de un cierto tipo de humor dentro de una historia con elementos de denuncia social.


Pero Trainspotting también significó un importante espaldarazo para la carrera de algunos de los componentes de su reparto. El más beneficiado tal vez fuese su protagonista, Ewan McGregor, convertido al cabo de una década en una de las estrellas jóvenes más importantes de la industria internacional del entretenimiento audiovisual, sobre todo a raíz de su interpretación de Obi-Wan Kenobi en las precuelas de la saga Star Wars dirigidas por George Lucas. Ewen Bremmer, por su parte, ha combinado el cine independiente (ha trabajado con Harmony Korine, entre otros) con su incursión como secundario en algunos blockbusters estadounidenses (Pearl Harbor, 2001, Michael Bay o Black Hawk derribado, 2001, Sir Ridley Scott), para terminar apareciendo fundamentalmente en la televisión. Jonny Lee Miller, por su parte, ha participado en varias películas (una de ellas, Plunkett & MacLeane, 1999. Jake Scott; le reunía de nuevo con Robert Carlyle al frente del reparto), y con varios directores, entre los que se encuetra Woody Allen. Robert Carlyle, por su parte, atravesó un período de notable popularidad (incluso llega a interpretar a un malo de la saga Bond en El mundo nunca es suficiente,1999. Michael Apted) para irse convirtiendo en un secundario que, sin embargo, suele entregar unos trabajos en los que la profesionalidad está garantizada. La debutante en Trainspotting (en un papel difícilmente olvidable) Kelly Macdonald ha continuado actuando en proyectos de diversa importancia y en el mundo de la televisión, mientras que Peter Mullan combinó su carrera como actor con sus labores como director de cine, donde obtuvo algunos de sus mayores éxitos críticos.


La versión del director de Trainspotting se edita en un doble DVD lleno de extras y material adicional. En uno de ellos podemos encontrar suculentos testimonios que contemplan el film desde la perspectiva actual y también desde el momento de su rodaje. En el otro podemos disfrutar de la película tal y como fue concebida originalmente y también de escenas eliminadas que devienen apuntes no poco sabrosos sobre aspectos de la vida de los personajes que no fueron incluidos en el montaje final.•


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Aproximación a un clásico de la literatura underground


Por Ignasi Juliachs


Este libro hecho de retazos, de episodios más o menos concatenados en el tiempo pero cerrados en sí mismos, narrativamente hablando, que recogen la vida y experiencias de unos cuantos jóvenes drogadictos en el Edimburgo sometido a la administración Thatcher de mediados de los 80, destaca primero de todo por la fuerza del lenguaje empleado. No cabe duda de que ese lenguaje que se pretende callejero y barriobajero es el que da toda la dimensión del producto, nos acerca a la realidad que el volumen pretende comunicar y oficia como «cemento» para unir lo que casi podríamos considerar frescos: esos episodios que, en muchas ocasiones, no dan la sensación ni de comenzar ni de concluir, sino más bien de quedar suspendidos en sí mismos, probablemente ahondando en la noción de personajes irresolutos, sin futuro, en una especie de muerte en vida. Sin quitar mérito al escritor Irvine Welsh, que proviene de clase trabajadora (afirmando sin embargo que su inglés se acerca al estándar), lo que en términos prácticos implica una cierta capacidad para captar estilos de lenguaje popular y un trabajo previo en ese sentido, lo que es de justicia es aplaudir la labor del traductor para la ya legendaria edición en castellano de la Editorial Anagrama, a cargo de Federico Corriente. Efectivamente, el traductor logra transmitirnos perfectamente, con equivalentes de argot callejero castellano y de cierta dinámica y actitud verbal acaso demasiado extendida en las calles, la imparable y enérgica avalancha verbal de Welsh (el autor habla de escribir inspirado por la música; mientras la escuchaba en pubs, a los que es muy aficionado, le sugería el ritmo, la fuerza de los diálogos, y aun las historias) que, aparte ubicarnos certeramente, obra como motor a reacción, pues otra de las excelencias del que ya casi podemos considerar clásico contemporáneo de la literatura mundial (se ha traducido a más de 30 idiomas) es la trepidación a que nos vemos sometidos como lectores. Ni que decir tiene que tal característica es también prioritaria en las representaciones teatrales de 1996 y 2006, dirigidas por Harry Gibson, y en la célebre cinta dirigida por Danny Boyle, que con este título, y acaso Tumba abierta y Millones, haya dado lo mejor de sí, a la espera de Sunshine. Otra cosa sería afirmar que el lenguaje de Welsh sea todo lo realista que pretende, pero estaríamos de acuerdo que para reflejar esa realidad tan descarnada, carente de humanismo y de valores, pero con toda la vorágine y el caos que se quiera, en ocasiones es más efectivo que parezca real que no que lo sea; no olvidemos que estamos ante una obra literaria, y el arte imita la vida. Ello nos abre paso a una diferencia substancial entre libro y película; el film queda dominado por una fuerza visual y un tratamiento que, en ocasiones, quiere reflejar la deformación en la percepción del drogado —ese uso y abuso del gran angular—, incurriendo en una puesta en escena proclive a lo fantasioso (que dicho sea de paso, también lo hace más comercial para el público juvenil, el cual acaso no admitiría un realismo demasiado descarnado y sin concesiones), mientras que la novela se instala definitivamente en una realidad sucia que casi es capaz de transmitir hedores. Se ha hablado que si tanto libro como película han devenido éxitos de público irrefutables se ha debido a una cierta capacidad para suavizar lo que, de otro modo, hubiérase percibido como horrendo. Es probable que el sentido de humor socarrón oculto tanto en la narrativa como en el lenguaje mencionado contribuyan a eso, pero cabe no engañarnos, se trata del recurso que sigue la máxima: «si has de decir la verdad, mejor que haga reír». La inefable secuencia que ocurre en el servicio más asqueroso de toda Escocia resulta el mejor ejemplo para ilustrar todo lo dicho. Mientras Danny Boyle, sin renunciar a todo lo escatológico de la situación, acaba por desarrollar un momento metafórico, con Ewan McGregor perdiéndose por el inodoro a la busca y captura de su droga, el Rent de Welsh no pasa de introducir los brazos, lo que en sí mismo ya es suficientemente asqueroso si a ello añadimos la más que gráfica descripción del entorno, una situación pues, real. Pero el horror y el caos, el puñetazo al estómago del lector/espectador está, sin duda, en el segmento de la muerte del niño en el sórdido piso de una yonqui del grupo, cuya dureza es equivalente en ambos registros. La novela, como la película, no postula ni a favor ni en contra. Es fácil, según cómo, sentir compasión por unos jóvenes que se rigen por impulsos egoístas, cuya amistad se deriva del común hecho de que son espíritus caídos, absorbidos por el individualismo del momento que se extendió por toda Europa, donde los valores comenzaban a desaparecer y las ideologías se habían diluido para muchos. Welsh puede que no nos hable demasiado de una Escocia que era la capital del paro, pero viéndolos dependiendo del subsidio del desempleo, negándose a integrarse en la sociedad, acaso por comodidad, pero también por una limitación de oportunidades dignas, traicionándose, influyéndose para lo peor, siempre organizando esas pequeñas fechorías, o no tan pequeñas, y destrozándose (ese Johnny Swan que pierde la pierna por inyectarse en las arterias y mendiga haciéndose pasar por soldado tullido de la Guerra de las Malvinas; o ese Tommy que no se drogaba pero que cierto día deprimido lo hizo acicatado por Rent y ya no lo dejó y que ahora va a morir de sida), se hace imposible evitar inferir que ciertas lacras del sistema es más que probable que contribuyan a la catástrofe. Si bien es cierto que lo narrado en Trainspotting puede generalizarse a todo el ámbito del mundo avanzado, cabe convenir que la novela contiene las suficientes referencias como para que Edimburgo esté siempre presente.


Dice Irvine Welsh que escribió Trainspotting en un acto de puro egoísmo sin pensar en publicar en absoluto. Quizá avale este dato su trayectoria previa: a los dieciséis años abandona los estudios secundarios para hacerse electricista y reparador de televisores (recordemos que su padre era trabajador portuario y su madre camarera); se mete en grupos de música de poca monta (en 1978 se fue a Londres a vivir la movida punk), mientras estudia informática y se dedica a oficios de lo más variado, deviniendo un pequeño especulador de la propiedad (confiesa haberse aprovechado del thatcherismo con el boom inmobiliario de los 80). De regreso a Edimburgo afronta trabajos en el ayuntamiento para el problema de la vivienda (verdaderamente grave en Escocia y presente en Trainspotting) mientras asiste a la Universidad Heriot Walt y se doctora con una tesis titulada «Creando igualdad de oportunidades para las mujeres», trabajando para la administración en esa línea también. Curioso cuando lo masculino casi prevalecerá siempre en su obra. Ejerce de disk jockey, y deviene promotor y productor musical. En 1982, admitió tener un problema de drogas, que le condujo a robar y a mentir compulsivamente, del que se libró en 1985. Cierta amiga le indujo —prácticamente hizo todo el trabajo— a que publicara partes de Trainspotting en revistas. No tardaron en lloverle ofertas, pero curiosamente Welsh dice no haberse sentido escritor hasta el sexto volumen publicado: Porno, una secuela de Trainspotting con cuatro de sus personajes, incluido Rent, quien ultima la primera obra huyendo a Ámsterdam con el botín de todo el grupo, ahora todos en un marco sórdido de negocio pornográfico, con el uso del mismo lenguaje satírico y una cierta reflexión en torno al envejecer, además de la venganza del desquiciado Begbie para con Rent. El éxito de Trainspotting fue atronador. Aún hoy se afirma que mucha gente sin el hábito de la lectura llegó a leer el volumen, y que sólo vuelven a ser lectores cuando aparece una nueva obra del autor, lo que habla mucho de una fórmula popular, dinámica, y efectiva. A este respecto, viene a cuento mencionar algo referente al estilo: como hemos dicho, el libro se construye con episodios autónomos; pero los episodios no se narran de un único modo, algunos tienen un narrador omniscente, y otros son en primera persona, puntuados de tanto en tanto por notas —Dilemas yonquis—, especie de reflexiones cortas a modo de diario de alguno de los personajes. Aparte de insólito, y de cierta sensación de collage, no cabe duda de que esta singular opción contribuye al ritmo y a la frescura de la propuesta. El éxito entre la crítica fue tal que incluso uno, gran amigo de él, Kevin Williamson, llegó a escribir que merecía vender más copias que La Biblia (sic).


No debemos cerrar sin referirnos al propio título, Trainspotting, y sus diversos sentidos: el más general, dicho con mofa por los británicos, se refiere a la «ridícula» (para muchos) afición de ver pasar los trenes y anotar matrículas y modelos de los convoyes. Por extensión es una referencia al desocupado, al que no tiene otra cosa que hacer que ver pasar los trenes. Pero Welsh también añade un sentido más localista. En Leith, población donde nació muy próxima a Edimburgo y muy presente en su libro, estuvieron muchos años sin tener estación ferroviaria, que había dejado de funcionar, condenando a sus habitantes a ver pasar los trenes de largo. Se hace innecesario referenciar toda la carga crítica de la cuestión.


Este mismo año Irvine Welsh va a ver estrenarse otra película basada en su obra: Éxtasis. Se trata tan sólo de la tercera de las historias cortas e independientes que la integran: The Undefeated, para muchos la mejor. Rob Heydon dirige esta historia de un romance con mujer insatisfecha con su mundo suburbano aburrido, hecho de permanencia en fiestas, pubs y clubs, donde pastillas y sexo tienen papeles importantes, como siempre en él. Escoria es una novela —no siempre es escritor de narración corta o media—, donde el antihéroe es un repugnante policía brutal, racista e intolerante, con vicios inconfesables, sociopático y una solitaria en los intestinos con propio monólogo que se superpone al de su amo. Los cuentos de Acid House y la novela Cola, con la vida de cuatro personajes desde la infancia hasta la madurez, y en el que aparecen a veces personajes de Trainspotting, abundan en la sordidez, la droga, el sexo, la violencia, el fútbol, y en definitiva en la fealdad de un mundo (su universo literario desde el principio) al que le es fiel, que ha sabido reflejar espléndidamente sin demagogia alguna y que los millares de lectores, atraídos acaso atávicamente por lo oscuro pero con sorna (combinación de la que Quentin Tarantino ha sabido extraer todo el jugo en el cine, y en Gran Bretaña, Guy Ritchie), no hacen sino refrendar.


Pese a que Irvine Welsh parece muy integrado en el sistema —escribe guiones para televisión (Babylone Heights, el más reciente), ha llegado a dar clases de literatura, en 2002, en la Universidad de Chicago (el Columbia College), hace Reading Tours, etc...—, sigue desconcertando convirtiéndose en boxeador para la causa benéfica contra el alto índice de suicidios de jóvenes en Escocia, y manifestando que el teatro es «mierda para burgueses». Cabrá suponer que con respecto a las representaciones de Trainspotting pensará de modo distinto. •

Cine archivo


Welsh, Irvine. Trainspoting


Fotografías: toutlecine.com




Trainspotting de Danny Boyle



AÑO 1996

DURACIÓN 90 min

PAÍS Reino Unido

DIRECTOR Danny Boyle

GUIÓN John Hodge (Novela: Irvine Welsh)

MÚSICA Varios

FOTOGRAFÍA Brian Tufano

REPARTO Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Kelly MacDonald, Kevin McKidd, Peter Mullan

PRODUCTORA Channel Four Films presenta una producción Figment Film / The Noel Gay Motion Picture Company. Producer: Andrew MacDonald


SINOPSIS:

Mark Renton es un joven escocés adicto a la heroína, al igual que el resto de sus amigos, los cuales se han creado un mundo muy particular. Entre el grupo hay un violento y alcohólico psicópata, un drogadicto desesperado, un mujeriego con un conocimiento enciclopédico de Sean Connery y un entusiasta de las caminatas y obsesivo de Iggy Pop. (FILMAFFINITY)

La frenética historia de 5 jóvenes británicos y su relación con la droga, el sexo y la violencia arrasó con tanto desparpajo como la verborrea de sus protagonistas. Tras el éxito de crítica y público de "Tumba abierta", Boyle engrandece aun más su legión de fans. Una cinta muy original que, considerada además su poca "corrección político-social", obtuvo un sorprendente éxito de taquilla. (Pablo Kurt: Filmaffinity)

El título Trainspotting tiene un doble significado, por un lado hace referencia a un pasaje del libro en el que Begbie y Renton conocen a un borracho en la estación de trenes. Begbie y Renton usan la estación para hacer sus necesidades y el borracho les pregunta, intentando hacer un chiste, si están haciendo "trainspotting". Por otra parte hace referencia al argot escocés en donde el termino "trainspotting" significa buscar una vena para inyectarse droga. El término anglosajón "trainspotting" se utiliza para refererirse a la afición relativamente popular en el Reino Unido de observar trenes. Este hobby es similar al de la planespotting, pero con aviones en lugar de trenes.

Critica: Filmaffinity

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1 comentario:

Vanity dijo...

Saludos de un gran fan de Trainspotting y todo el trabajo de Irvine Welsh.


te sigo.