Desesperación (1978)




Film Rainer Werner Fassbinder
Novela Vladimir Nabokov


Vladimir Nabokov
Desesperación (Prólogo)

El texto ruso de Desesperación (Otchayanie, aullido de sonoridad mucho más intensa [que el Despair inglés]) fue escrito el año 1932 en Berlín. La revista de emigrados Sovremennye Zapiski, de París, publicó la novela por entregas a lo largo de 1934, y la editorial de emigrados Petropolis, de Berlín, publicó el libro en 1936. Al igual que ha ocurrido con todo el resto de mis obras, Otchayanie (pese a la conjetura de Hermann) está prohibida en el estado policía por antonomasia.
 A finales de 1936, cuando vivía aún en Berlín —ciudad donde comenzaba a megafonear otra bestialidad— traduje Otchayanie para un editor londinense. Aunque llevaba toda mi vida literaria garabateando en inglés en los márgenes, por así decirlo, de mis escritos rusos, ésta era la primera vez (sin contar cierto desdichado poema publicado, alrededor de 1920, en una revista literaria de Cambridge) que intentaba usar seriamente el inglés para fines que podríamos calificar de relativamente artísticos. El resultado me pareció torpe desde el punto de vista estilístico, de modo que le pedí a un inglés bastante malhumorado, y cuyos servicios conseguí a través de una agencia berlinesa, que lo leyera; este caballero encontró algunos solecismos en el primer capítulo, y luego se negó a continuar, alegando que el libro no le parecía bien; sospecho que lo confundió con unas confesiones auténticas.
 En 1937 John Long Limited, de Londres, sacó a la luz Despair en una cómoda edición provista, al final, de un catalogue raisonné de sus publicaciones. Pese a semejante complemento, el libro se vendió muy poco, y al cabo de unos años una bomba alemana destruyó todos los ejemplares. El único que queda es, hasta donde sé, el que yo poseo, pero es posible que haya otros dos o tres escondidos aún entre las lecturas abandonadas por antiguos huéspedes en los oscuros anaqueles de alguna pensión playera de la zona situada entre Bornemouth y Tweedmouth.
 Para esta edición he hecho algo más que ponerle un remiendo a mi traducción de hace casi treinta años: he revisado el propio original ruso. Los estudiosos que tengan la suerte de poder comparar los tres textos notarán asimismo la adición de un fragmento importante que había sido neciamente omitido en épocas más tímidas. ¿Es justo, o prudente, desde un punto de vista erudito, haber actuado así? Puedo imaginar fácilmente lo que Pushkin les habría dicho a sus temblorosos parafraseadores; pero sé también lo satisfecho y emocionado que me habría sentido yo en 1935 si hubiese podido leer anticipadamente esta versión de 1965. El éxtasis amoroso que un joven escritor puede sentir por el escritor más viejo que algún día llegará a ser no es más que ambición en su forma más pura. Este amor no es sin embargo devuelto recíprocamente por ese escritor de más edad desde su más amplia biblioteca, pues incluso si llegase a recordar aquel paladar desnudo y aquel ojo sin légañas, apenas si le dedicaría un fastidiado encogimiento de hombros al chapucero aprendiz que fue de joven.
 Desesperación, como el resto de mis libros, no brinda comentario social alguno, ni trae entre los dientes ningún mensaje. No eleva el órgano espiritual de los hombres, ni le señala a la humanidad cuál es la salida más apropiada. Contiene muchas menos «ideas» que esas suculentas y vulgares novelas que tan histéricamente suelen ser aclamadas en el breve paseo que separa la pura propaganda del abucheo. El objeto de atractivas formas o el sueño Wiener-schnitzel que algún vehemente freudiano quizá crea distinguir en los remotos rincones de mis yermos resultará, inspeccionado desde más cerca, un burlón espejismo organizado por mis agentes. Permítaseme añadir, por si acaso, que los expertos en «escuelas» literarias deberían evitar el precipitarse en esta ocasión a repetir lo de «la influencia de los impresionistas alemanes»: no sé alemán ni he leído jamás a los impresionistas, quienesquiera que sean. Por otro lado, sí sé francés y me interesaría saber si habrá quien llegue a decir que mi Hermann fue «el padre del existencíalismo».
 Este libro no tiene tanto acento ruso blanco como mis otras novelas de la emigración; (esto no le impidió a un crítico comunista (J. P. Sartre), que en 1939 le dedicó un artículo especialmente tonto a la traducción francesa de Despair, decir que «tanto el autor como el protagonista son víctimas de la guerra y la emigración»), por lo cual resultará menos desconcertante e irritante para los lectores educados en la propaganda izquierdista de los años treinta. Los lectores corrientes, por otro lado, agradecerán su estructura corriente y su agradable trama, que, sin embargo, no son tan trilladas como da por supuesto el autor de la carta que aparece en el capítulo 11.
 A todo lo largo del libro aparecen numerosas y entretenidas conversaciones, y esa escena final en la que Félix aparece en los bosques invernales me parece, desde luego, divertidísima.
 Soy incapaz de prever u obstaculizar los inevitables intentos que se harán por encontrar en los alambiques de Desesperación parte del veneno retórico que inyecté en el tono del narrador de una novela muy posterior. Hermann y Humbert son parecidos solamente en la medida en que puedan serlo dos dragones pintados por el mismo artista en diferentes períodos de su vida. Son un par de sinvergüenzas neuróticos, pero existe en el Paraíso una gran avenida verde por la que, una vez al año, al atardecer, se le permite pasear a Humbert; mas el Infierno no le concederá nunca la libertad condicional a Hermann.
 El verso y los fragmentos de versos que Hermann murmura en el capítulo 4 proceden del breve poema que Pushkin le dirigió a su esposa en los años treinta del siglo pasado. Lo doy aquí entero, en mi propia traducción, que mantiene la medida y la rima, cosa que raras veces resulta aconsejable —ni admisible— excepto cuando se produce una conjunción muy especial de estrellas en el firmamento del poema, como ocurre aquí.

 'Tis time, my dear, 'tis time The heart demands repose.
 Day after day flits by, and witb each hour there goes
 A Hule bit of lije; but meanwhile you and I
 Together plan to dwell... yet lo! 'tis when tve die.
 There is no bliss on earth: there is peace and freedom though.
 An enviable lot long have yearned to know:
 Long have I, weary slave, been contemplating flight
 To a remote abode of work and pure delight.

 «Ya es hora amor mío, ya es hora. El corazón me pide reposo. / Día tras día pasa revoloteando la vida, y con cada hora escapa / Otro poquito; mas entretanto tú y yo / Juntos pretendemos morar... Sin embargo, ay, eso ocurre al morir. / No hay felicidad en la tierra; pero hay paz y libertad, / Un destino envidiable he ansiado conocer: / Durante mucho tiempo anhelé, cansado esclavo, volar hacia / Un lugar remoto de trabajo y puro júbilo.»

 El «lugar remoto» al que el loco Hermann se precipita se encuentra económicamente localizado en el Rosellón, justo allí donde tres años antes había estado yo escribiendo mi novela de ajedrez, La defensa. Dejemos a Hermann allí, en las ridículas alturas de su confusión. No recuerdo qué acabó ocurriéndole más tarde. Al fin y al cabo, otros quince libros, y el doble de años, han transcurrido desde entonces. No me acuerdo ni siquiera de si esa película que Hermann tenía intención de dirigir llegó a ser realizada jamás.

 Vladimir Nabokov 1 de marzo de 1965 Montreux

Nabokov, Vladimir. Desesperación 


Despair / Rainer Werner Fassbinder


Año: 1978
Duración: 119 min.
País: Alemania
Guión: Tom Stoppard (Novela: Vladimir Nabokov)
Música: Peer Raben
Fotografía: Michael Ballhaus
Productora: Coproducción Alemania del Oeste-Francia; Bavaria Atelier / Filmverlag der Autoren / NF Geria Filmgesellshaft GmbH / Société Française de Production (SFP)
Premios: 1978: Cannes: Nominada a la Palma de Oro
1978: Academia de cine alemana: Mejor director, fotografía, diseño de producción.
Género: Drama. Fantástico
Sinopsis: "Desesperación" estudia de forma minuciosa y penetrante la psicología de un emigrante ruso residente en París durante la década de 1920. Herman se ha alejado y distanciado tanto del mundo que le rodea que incluso se imagina a sí mismo fuera de su propio cuerpo, "observándose a sí mismo" encargándose de sus cosas. Entonces conoce a un hombre que, de hecho, es su doble en cuanto a físico, y Herman trama un plan criminal para garantizar su seguridad financiera para siempre. (Filmaffinity)