Lolita (1962) - (1997)



Lolita
Film de Stanley Kubrik
Film de Adrian Line
Novela de Vladimir Nabokov

"Pero no había peligro de que me quedara allí. No podía ser feliz en ese tipo de casa, con revistas manoseadas sobre cada silla y una especie de abominable hibridación entre la comedia de los llamados muebles funcionales modernos y la tragedia de mecedoras decrépitas y mesas de luz desvencijadas y bombillas fundidas. Me guió escaleras arriba, hasta «mi» cuarto. Lo inspeccioné a través de la bruma de mi rechazo, pero discerní sobre «mi cama» «La sonata de Kreutzer», de René Prinet. ¡Y llamaba a ese cuarto de sirvienta un «semiestudio»! ¡Salgamos de aquí en el acto!, me dije con firmeza mientras fingía considerar el precio ridículo y ominosamente bajo que mi voluntariosa huéspeda me pedía por cuarto y pensión.
Pero mi cortesía europea me obligó a sobrellevar la ordalía. Cruzamos el descanso de la escalera hacia el ala derecha de la casa, donde «Yo y Lo tenemos nuestros cuartos» (Lo debía de ser la criada), y la huéspeda-amante apenas pudo ocultar un estremecimiento cuando concedió al melindroso individuo un examen del único cuarto de baño, minúsculo y oblongo, entre el descanso y el cuarto de «Lo», con objetos blandos y mojados colgando sobre la dudosa bañera (con el signo de interrogación de un pelo en su interior); allí estaban la previsible serpiente de goma y su complemento, una cubierta rosada que tapaba tímidamente el retrete.
«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento –el exceso de lo que se llama «aplomo»– con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra –continuó la condenada–, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).
La seguí de mal grado por las escaleras y, después por la cocina, al final del vestíbulo, en el ala derecha de la casa –donde también estaban el comedor y el saloncito (bajo «mi» cuarto, a la izquierda, sólo había un garage). En la cocina, la criada negra, una mujer regordeta y más o menos joven, dijo: «Me marcho ya, señora Haze», mientras tomaba su bolso negro y brillante de la manija de la puerta que daba a la entrada trasera. «Sí, Louise», respondió la señora Haze con un suspiro. «La llamaré el viernes». Pasamos a una despensa pequeña y entramos en el comedor, paralelo al saloncito que ya había admirado. Advertí un calcetín blanco en el suelo. Con un gruñido de desaprobación, la señora Haze se inclinó sin detenerse y lo arrojó en una alacena junto a la despensa. Inspeccionamos rápidamente una mesa de caoba con una frutera en el centro que sólo contenía el carozo todavía brillante de una ciruela. Busqué tanteando el horario que tenía en el bolsillo y lo pesqué subrepticiamente para dar con el primer tren. Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros.
Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.
Me es muy difícil expresar con fuerza adecuada esa llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.

Lolita de Vladimir Navokov
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Las dos Lolitas



Lolita de Stanley Kubrik

TÍTULO ORIGINAL
Lolita
AÑO
1962
DURACIÓN
152 min.
PAÍS
Reino Unido
DIRECTOR
Stanley Kubrick
GUIÓN
Vladimir Nabokov (Novela: Vladimir Nabokov)
MÚSICA
Nelson Riddle
FOTOGRAFÍA
Oswald Morris (B&W)
REPARTO
James Mason, Sue Lyon, Shelley Winters, Peter Sellers, Marianne Stone, Diana Decker, Jerry Stovin, Gary Cockrell, Suzanne Gibs, Roberta Shore, Cec Linder, Lois Maxwell, William Greene, Eric Lane, Shirley Douglas, Roland Brand, Colin Maitland, Irvin Allen
PRODUCTORA
Coproducción USA-Suiza; MGM presenta una producción Seven Arts / Anya Productions / Transworld
GÉNERO Y CRÍTICA
Drama /
SINOPSIS: Humbert Humbert, un profesor cuarentón, acaba de instalarse en Ramsdale, New Hampshire. Allí se enamora perdidamente de una niña de once años, tanto que concibe un plan maestro: se casará con su madre, Charlotte Haze, para poder estar siempre cerca del objeto de sus afectos: la alegre adolescente, la irresistible nínfula de nombre encantador, lírico y melodioso: Lolita. (Filmaffinity)

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Lolita
de Adrian Lyne


TITULO ORIGINAL
Lolita
AÑO
1997
DURACIÓN
137 min.
PAÍS
Estadus Unidos
DIRECTOR
Adrian Lyne
GUIÓN
Stephen Schiff (Novela: Vladimir Nabokov)
MÚSICA
Ennio Morricone
FOTOGRAFÍA
Howard Atherton
REPARTO
Jeremy Irons, Dominique Swain, Melanie Griffith, Frank Langella
PRODUCTORA
Coprod. USA-Francia; Mario Kassar presenta una producción Pathé
GÉNERO Y CRÍTICA
Drama /
SINOPSIS: Humbert es un europeo refinado, brillante y atractivo que viaja a una ciudad de Nueva Inglaterra para ocupar un puesto de profesor. Una vez allí se hospeda en casa de una voluptuosa viuda, Charlotte, que ve en Humbert la materialización de todas sus fantasías provincianas. Pero Humbert oculta una herida envenenada: el recuerdo de un frustrado amor de adolescencia. En la casa está también Lolita, la hija de Charlotte, que resulta ser el sueño hecho realidad. Una realidad que en ocasiones puede ser cruel... (Filmaffinity)











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