La reina africana (1951)













Film  John Huston
Novela  C.S. Forester


Capítulo 1
Aun tan enferma como para guardar cama, de estar poseída de una voluntad más débil, Rosa Sayer estaba levantada, porque advertía que el estado de salud de su hermano, el Reverendo Samuel Sayer, era infinitamente peor que el suyo. La debilidad del religioso era alarmante. Al hincarse de rodillas para rezar la oración de la tarde se dejó caer como en un repentino colapso, y sus manos, que ahora alzaba al cielo, temblaban agitadamente. Rosa, en el instante en que entornaba devotamente los ojos, reparó en cuan delgadas y transparentes eran aquellas manos, y cómo los huesos de las muñecas mostraban  su  contorno  esquelético.
El calor húmedo de la selva africana parecía intensificarse al caer de la noche, que iba envolviendo a los dos hermanos, absortos en sus plegarias. Las manos suplicantes de Rosa estaban empapadas de sudor, y sentía que al arrodillarse le corrían regueros por debajo de sus ropas, yendo a formar pequeños charcos detrás de sus rodillas dobladas. Fue esta sensación la que le ayudó a reconciliar en este su acercarse a la madurez de edad, su conciencia con la ausencia del corsé, una prenda sin la cual, así le habían enseñado, ninguna mujer debía aparecer en público después de los catorce años. Mas el corsé era toda una imposibilidad en el África Central, aun cuando Rosa había hecho a un lado resueltamente, teniéndolos por insinuaciones demoníacas, los pensamientos que de tarde en tarde asaltaban su mente de deshacerse de toda prenda debajo de su vestidito de dril blanco.
Bajo el bochornoso calor húmedo que bañaba su cuerpo volvía a asaltarle la tentación, aun en ese solemne momento de oración, mas Rosa la desechó, y dirigió su pensamiento una vez más, con angustiosa intensidad, a la plegaria que Samuel ofrecía al Señor, con voz flébil y dicción vacilante. Invocaba la ayuda divina para el ordenamiento de sus vidas, y el perdón de sus pecados. Luego, al comenzar la acostumbrada impetración de gracia para la misión, su voz fluctuaba aún más. La misión, a la cual ambos habían ofrendado sus vidas, apenas si existía ya, ahora que Von Hanneken y sus tropas hablan caído sobre la aldea y "arreado" a todos sus habitantes, conversos e infieles por igual, llevándoselos como soldados o peones para el ejército alemán, en formación, del África Central. Ganado y aves de corral, ollas y sartenes y víveres, todo había sido saqueado, hasta la propia capilla portátil, dejando la cabaña de la misión desolada junto al linde del ahora desierto claro de la selva. La tenue entonación en la voz de Samuel fue vigorizándose a medida que pedía que la horrenda calamidad de la guerra que había descendido sobre el mundo pasara pronto, que cesaran las matanzas y la destrucción, y que los hombres, repuestos de su locura, volvieran a sus casas para gozar de una paz universal. Y al pronunciar la última rogativa, al impetrar al Todopoderoso que bendijera las armas de Inglaterra, amparándolas en ese trance supremo y coronara sus esfuerzos con el triunfo sobre los militaristas sin temor de Dios, que habían provocado tan gran desastre, la voz de Samuel se elevó aún más potente; estaba animada de un hálito belicoso y había un acento de Viejo Testamento en la expresión, que recordaba aquel otro Samuel, el bíblico, rezando por el triunfo de Israel sobre el pueblo de Amalee.
–¡Amén! ¡Amén! ¡Amén! –respondió Rosa en un sollozo, con la cabeza doblada sobre sus manos juntas.
Tras permanecer arrodillados unos segundos después de la oración, ambos se pusieron de pie. El día alumbraba aún lo suficiente como para que Rosa alcanzara a distinguir la vacilante figura blanca de Samuel a pocos pasos de ella; no pensaba encender la lámpara, ya que ahora que el África Central alemana estaba en armas contra Inglaterra, nadie podía predecir cuándo sería posible conseguir más kerosene y fósforos. Estaban aislados del mundo, encerrados en territorio enemigo.
–Hermana – dijo Samuel con voz débil –, voy a acostarme ya.
Rosa no le ayudó a desvestirse – eran hermanos carnales, educados en una familia de austeras costumbres cristianas, y ello le hubiera sido imposible, a menos que el hermano se viese absolutamente imposibilitado de hacerlo sin ayuda–, mas luego se deslizó hasta su cuarto, en la oscuridad, después de que él se hubo acostado, para asegurarse de que el mosquitero lo resguardaba por todos lados.
–Buenas noches, hermana – dijo Samuel. Aun en el calor abrasador reinante, sus dientes castañeteaban.
Ella volvió a su cuarto para echarse en su cama, tejida de cordeles, atormentada por el calor, y cubierta sólo con una liviana camisa de dormir. Llegaban hasta allí los ruidos de la noche africana, hipar de monos, rugir de bestias carniceras, berrear de cocodrilos allá abajo, en el río, y, a modo de acompañamiento del conjunto, el incesante y agudo zumbido de la nube de mosquitos en torno de las colgaduras de gasa que la protegían, tan familiar que escapaba a su percepción.
Sería casi medianoche cuando cayó dormida, siempre revolviéndose en un baño de transpiración, pero, así y todo, clareaba cuando despertó. Debía de ser Samuel que la llamaba. Descalza, salió de su cuarto y atravesó aprisa la salita de estar, para llegar hasta su hermano. Pero si Samuel había tenido lucidez mental para llamarla, ya la había perdido. Las palabras que ahora salían de sus labios eran ininteligibles. Por un instante, tuvo Rosa la sensación de que su hermano explicaba el fracaso de su vida ante el tribunal frente al cual debería aparecer muy pronto.
–La pobre misión – decía –, y han sido los alemanes, los alemanes.
Falleció poco después; Rosa lloraba junto a su lecho. Cuando el primer acceso violento de dolor fue mitigándose, Rosa se incorporó lentamente; el sol iba levantándose sobre la selva e iluminaba la aldea desierta. ¡Y estaba sola!
No duró mucho el miedo que siguió a su aflicción. No en vano Rosa Sayer había vivido treinta y tres años y pasado diez en la selva centroafricana; tenía adquirida esa confianza en sí misma que se sumaba a la fe de su religión. No transcurriría mucho rato antes de que su pecho se inflamase de un fiero resentimiento hacia Alemania, y los alemanes en general, en la soledad de la cabaña desierta, con la sola compañía del hermano muerto. Se decía a sí misma que Samuel estaría aún con vida si la catástrofe traída por la requisición de Von Hanneken no le hubiera destrozado el corazón. Eso había dado cuenta de Samuel: el espectáculo de diez años de fatigas y privaciones barridos en una hora de crueldad.
Acrecentaba en Rosa la aversión hacia los alemanes la certidumbre de que la muerte de Samuel había de ser poca cosa frente a los demás horrores que debían de pesar sobre sus conciencias. Habían destrozado una obra de Dios; Rosa no se hacía ilusiones acerca de lo que restaría de su cristiana obra para los conversos, al cabo de una campaña en la selva en las filas del ejército indígena, del cual noventa y nueve hombres de cada cien debían de ser salvajes primitivos.
Rosa conocía la selva. En modo harto vago se imaginaba los efectos de una guerra sobre una extensión de territorio superior a las cien millas cuadradas. De sobrevivir algunos de los convertidos por la misión, jamás regresarían a su ámbito... y si lo hicieran, ya no estaría allí Samuel.
Rosa intentaba persuadirse a sí misma de que el daño hecho a la causa divina era pecado infinitamente más grave que la muerte de Samuel, mas no lograba una justificación completa. Desde niña habíanle enseñado a querer y admirar a su hermano. Era apenas muchacha cuando él logró la sublime y casi mística distinción del ordenamiento, y tenía aún vivido ante sus ojos el cuadro solemne del rito de la consagración. Sus padres, austeros y devotos cristianos, que no habían ahorrado la vara en la educación de los hijos, cedieron ante la autoridad del sacerdote, y oían luego su palabra con respeto. Sólo gracias a él, al hermano Samuel, había podido ella elevarse en la escala social salvando el abismo que la separaba de su condición de hija de un pequeño comerciante, para convertirse en hermana de un ministro de la religión. Había sido su ama de llaves y la más devota de sus admiradoras, su discípula más fiel y su más fiada colaboradora durante doce años. No había, pues, nada chocante en su impío rencor contra el país que había causado la muerte de su hermano dilecto.
Por cierto que Rosa no reparaba en el reverso de la medalla. Von Hanneken, con apenas quinientos hombres blancos, en una colonia poblada por un millón de negros, entre los cuales pocos miles conocían su condición de súbditos de bandera alemana, tenía ante sí la ardua tarea de defender al África Central alemana contra los ataques de las fuerzas abrumadoramente superiores que iban alistándose para caerle encima. Era su deber luchar hasta el fin, tener ocupado el mayor contingente posible de enemigos durante el mayor tiempo, y morir, de ser necesario, en la última trinchera, en tanto la gran decisión se debatía en los campos de batalla de Francia. A causa del dominio británico de los mares, Von Hanneken no podía esperar ayuda alguna desde fuera; debía, pues, depender exclusivamente de sus propios recursos, mientras que, por otra parte, los refuerzos que el enemigo estaba en condiciones de recibir eran ilimitados. Hubiérase debido tener por natural que el jefe alemán, con la acabada lógica militar de su raza, llamara a todo hombre, mujer y niño a su alcance como porteador o soldado, y requisara hasta el último bocado de comestible y el último átomo de material que pudiera echar mano.
Mas Rosa no quería oír de excusas en descargo del jefe enemigo. Recordaba cómo, al llegar a la colonia en compañía de su hermano, ambos habían sido abrumados con preguntas y restricciones, y tratados con desdén y con la suspicacia que los funcionarios alemanes no podían menos de sentir por la intrusión de un misionero británico en una colonia germana. Sentía que aborrecía su trato, su moral, sus leyes y sus ideales; en suma, Rosa se había dejado llevar por la ola de odio internacional que recorría el mundo en agosto de 1914.
¿Acaso su inmolado hermano no había rogado por el triunfo de las armas británicas y la derrota de los alemanes? Contemplando el cuerpo yacente del misionero, acudieron a su mente un torrente de fragmentarios versículos del Viejo Testamento, que él seguramente hubiera empleado en un trance análogo. Hubiera deseado vivamente que la mano de Dios se alzara amparando a su patria y castigara a amalequitas y filisteos. Empero, en medio del fervor patriótico que encendía su imaginación, de pronto tuvo conciencia de su desvarío y se llamó a la realidad. Estaba sola en medio de la selva del África Central, sola al lado del cadáver de un hombre. No cabía hacer nada, ni pretender nada.
Fue en ese preciso instante que Rosa, al mirar desde la galería de la cabaña, vio que la Oportunidad la observaba cautelosamente desde el linde de la espesura. Mas no tuvo en ese momento la intuición de que el hombre que acababa de presentarse a su mirada habría de ser el instrumento que ella emplearía para ofrendar su tributo de amor a su patria. Sólo vio en él, en ese instante, a Allnutt, el mecánico cochney, (1) empleado por los belgas en sus minas de oro, unas doscientas millas río arriba, un hombre a quien su hermano siempre había mirado adustamente, como ejemplo de impiedad y blasfemia.
Con todo, era un rostro inglés y amigo, y su aparición le hizo apreciar con más rigor los horrores de la soledad en la selva africana. Salió anhelante hasta la galería y agitó el brazo, dando la bienvenida a Allnutt.

Forester, C.S. La reina africana



The African Queen / John Huston



Año  1951
Duración  106 min
País  Estados Unidos
Director  John Huston
Guión  James Agee (Novela: C.S. Forester)
Música  Allan Gray
Fotografía  Jack Cardiff
Reparto  Humphrey Bogart, Katharine Hepburn, Robert Morley, Peter Bull, Theodore Bikel
Productora  Coproducción USA-GB; Romulus / Horizon Production
Premios  1 Oscar: mejor actor (Humphrey Bogart)
Sinopsis: Durante la Primera Guerra Mundial, un capitán de barco con tendencia a la bebida y una estirada misionera remontan un río en una ruinosa embarcación, a través de la selva, huyendo de las tropas alemanas. Ambos son completamente diferentes, pero deberán ayudarse mutuamente para salvar sus vidas. (Filmaffinity)

Crítica: Filmaffinity


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