Fedra (1962)



 



Fedra 
Film  Jules Dassin
Tragedia  Hipólito de Eurípides

Amor Profano: la historia de Fedra 
por Julíán Marías
La actriz griega Melina Mercouri alcanzó fama con una película dirigida por Jules Dassin y titulada “Never on Sunday” (Nunca en Domingo). Una película extraordinaria de invención, de fuerza, de vitalidad, que revelaba a una actriz también extraordinaria, definida por esas mismas calidades. Jules Dassin era director –admirable- y actor –hábil nada más, y en una papel sumamente falso, que hacía perder no poco a la película-. Esta no ha llegado a España, lo cual es muy lamentable y se debería remediar –nunca es tarde, si la dicha es buena-, porque “Nunca en Domingo” no es sólo una película excelente sino distinta de lo que suele verse.
En gran parte, por el excepcional talento y las dotes de Melina Mercouri, por su artística espontaneidad, su desenfado, su profunda alegría, la potencia de su fuerte feminidad. Si por su tema nos privamos de ella, somos infieles a gran parte de nuestra mejor tradición literaria, desde el Arcipreste de Hita a “La Celestina” o “La Ingeniosa Elena” de Salas Barbadillo.
Ahora, en cambio hemos podido ver otra película del mismo director, con la misma actriz: “Fedra” (Phaedra, 1962) (en México pasó como Amor profano). Esta vez, Dassin no es actor; acompañan a Melina Mercouri, es decir Fedra, el marido Raf Vallone y el hijastro Anthony Perkins. El director y los tres actores han llevado a cabo una obra de rara perfección.

Otra vez el viejo mito, la trágica historia de amor, culpa y muerte que han contado Eurípides, Senéca, Racine, Unamuno. Ahora son griegos actuales. Un opulento armador griego, su mujer, Alexis, hijo de un primer matrimonio de su padre con una inglesa: es “el hijo de la extranjera”. Este reside en Londres, donde se supone estudia economía; en lugar de eso pinta. Su padre, que ha levantado un imperio naviero cada vez más poderoso, quiere que el hijo vaya a Grecia y trabaje con él; encarga a Fedra que vaya a Londres, que convenza al muchacho y lo lleve a Atenas. Fedra encuentra al hijastro en el Museo Británico; desde niño había sentido aversión y hostilidad hacia la mujer que había sustituido a su madre, divorciada y vuelta a casar; ahora se encuentra delante de ella. La historia de este enfrentamiento, el nacimiento de una simpatía mutua, de una complacencia recíproca, de una incipiente intimidad, está contada con mano maestra. Las escenas de la presentación en el museo, la cena en el restaurante, el baile, los largos paseos por la ciudad, son de una extraordinaria belleza y finura. Después el violento amor de Fedra, imperioso, predatorio; la débil resistencia de Alexis, su “dejarse querer”, sus entirse envuelto en la enérgica onda de sensualidad y apasionamiento de la mujer de su padre.
La historia es bien conocida, y se ajusta en gran parte a la tradición clásica. Hay una nodriza fiel, y un destino trágico que se anuncia muy pronto y se manifiesta en el gesto, los andares, las palabras de Fedra. Sobra probablemente el episodio de la muchacha, sobrina de su padre, con quién se pretende casar a Alexis. Es admirable, en cambio la introducción de un “coro trágico” representado por las mujeres y las madres de los marineros de un barco que hemos visto botar –el “Fedra”-, que han muerto en su naufragio. Por medio de ellas, indiferente, hosca y hostil, absorta en su pasión y en su dolor egoísta, cruza Fedra, que va a declarar a su marido su amor por el hijo y su decisión de que el matrimonio no se celebre. Entonces se desencadena la tragedia.
Porque se trata de eso, nada menos; y Dassin y sus personajes han sabido conservar su sustancia. Melina Mercouri no llega a la altura de “Nunca en Domingo”, pero muestra que puede hacer muchas cosas; Anthony Perkins es un nuevo Hipólito que consiente y se deja llevar, que coopera al vendaval de amor culpable, con una débil resistencia; el padre, Raf Vallote, que es el que tiene más fuerte amor de los tres, más verdadera pasión, da a su papel una fuerza que en otras versiones no tiene; es, comparativamente, el mayor acierto. La nodriza abnegada, entregada, fanática y sumisa, que vive para Fedra, la avisa, la amonesta y al mismo tiempo le sirve sin restricción, hasta ayudarla a morir en una escena de contenida tensión, es una figura difícilmente olvidable si se repara en ella, si no se la pasa por alto.
¿Y la tragedia? Como es moderna tiene más intervención en ella la libertad que el destino. En todo caso, no se trata de un destino exterior, impuesto desde fuera, inevitable, sino de un destino aceptado, apropiado, consentido. Sólo así lo comprende el hombre de nuestro tiempo, sólo asi se conmueve con él. Pero ¿es que no lo entiende? ¿De verdad se conmueve? Me ha parecido advertir una sorda reacción en el público, con la que otras veces he tropezado, que alguna ha hecho notar: lo que podría llamarse una “resistencia a la pasión”. Cada vez que ésta se manifiesta enérgicamente en la pantalla, se advierte en la sala un sofocado movimiento de repulsa o de desvirtuación, de no “tomarlo en serio”. ¿No es esto grave?
Aristóteles, gran teórico de la tragedia, la atribuía la virtud de la catarsis, de la purificación de las pasiones mediante el temor y la compasión. Si no me engaño, el público español de hoy no siente compasión y elude el temor –hablo, claro está de la reacción “media” y “corporativa”, sean cuantas se quiera las excepciones individuales-. No creo que salga “purificado”, sino más bien irritado, quizá un tanto resentido. No es fácil explicar por qué.
Si tuviera que aventurar una explicación, y a riesgo de equivocarme, diría esto. Nuestra sociedad, al menos su torso central, las amplias clases medias de estos últimos decenios, ha “renunciado” a las pasiones. No quiere esto decir que no “puede” sentirlas, aunque es poco probable, sino que las siente “ajenas” –probablemente no acepta más que la “pasión” política, que es muy otra cosa-. Entonces la situación que tenía presente Aristóteles se invierte: la tragedia purificaba al espectador de las pasiones que en principio tenía, es decir, que le pertenecían, al menos como posibilidad o conato; pero si las pasiones son “ajenas”, si no son de uno, esta descarga emocional no se puede producir; más bien al contrario, su presencia exterior, en el escenario o en la pantalla, produce una extraña irritación, una exasperación de ciertos fondos del alma que no han hecho esa renuncia; se produce algo así como una carga eléctrica inducida, y falta la proximidad o el contacto necesario para que ocurra la descarga. El espectador siente removidos los posos de su alma, pero no conmovida la estructura total de ésta, y sale con una vaga impresión de frustración, acaso de mutilación.
Si esto es así –no estoy seguro, es sólo una conjetura aventurada-, estamos expuestos a muchas cosas. Urge restablecer la armonía y la complejidad del alma humana. Al hombre hay que darle siempre “lo suyo”; y una de las cosas que le pertenecen es la pasión y la posibilidad de la tragedia.

 (Publicada originalmente el 4 de mayo de 1963 y se encuentra recopilada en el libro “Visto y no visto” de Julián Marías, editado por Guadarrama en 1970.)




Phaedra / Jules Dassin

Año: 1962 
Duración: 115 min.
País: [Grecia]
Director: Jules Dassin
Guión: Jules Dassin, Margarita Lymberaki (Obra: Eurípides) 
Música: Mikis Theodorakis 
Fotografía: Jacques Natteau (B&W)
Reparto: Melina Mercouri, Anthony Perkins, Raf Vallone, Elizabeth Ercy, Tzavalas Karousos, Zorz Sarri, Andreas Filippides
Productora: Coproducción Grecia-Francia-USA; Joele / Melinafilm
Género: Drama
Sinopsis: Fedra es la esposa de Thanos, un millonario armador griego que antes estuvo casado con una mujer inglesa con la que ha tenido un hijo, Alexis, que vive en Londres, lejos del padre. Cuando Thanos se entera que Alexis ha dejado sus estudios, ruega a Fedra que viaje a Inglaterra para persuadir al joven de sus planes. Fedra no quiere viajar, porque sabe que el muchacho siente aversión por ella, aunque finalmente cederá ante la insistencia de su marido. El encuentro es muy distinto al imaginado: ambos simpatizan súbitamente y pronto serán presas de una violenta pasión. Filmaffinity