La confesión (1970)










La confesión 
Constantin Costa-Gavras
Artur London

El mensaje de una víctima de la Europa del siglo
Jordi Solé Tura

La espantosa tragedia personal que Artur London narra en este libro es un documento fundamental para entender la tragedia colectiva de una Europa que a lo largo del siglo XX se ha desangrado en las luchas fratricidas más brutales de toda la historia de la humanidad.
Ahí está todo: la hecatombe de la guerra de 1914—1918, los dramas y las esperanzas de la posguerra, las crisis que hundieron a millones de personas en la miseria y la desesperación, el estallido de los nacionalismos enfrentados a muerte, el naufragio de las democracias, los revanchismos que llevaron a otra guerra, la de 1939—1945, más brutal y más mortífera que la anterior y, finalmente, la ruptura de los aliados que la habían ganado y la división radical de Europa en dos bloques, encabezados por los Estados Unidos y la URSS.
"La confesión " es un resumen terrible de todo esto narrado por un protagonista que es por si mismo la síntesis individual de todas las víctimas de aquella enorme tragedia colectiva. Artur London nació en 1915, o sea en plena guerra de 19141918, y empezó a tomar conciencia de los dramas de la sociedad en que vivía cuando la Europa de los grandes imperios se hundía estrepitosamente, cuando se creaban nuevas fronteras y nuevos Estados, cuando millones de personas eran empujadas a la miseria y a la desesperación y cuando aparecía en el horizonte una novedad apasionante para unos y alarmante para otros, la Revolución bolchevique en la vieja Rusia imperial.
En aquella Europa desquiciada, tambaleante y convertida en esferas de influencia para los vencedores, el triunfo del Comunismo en Rusia generó unas esperanzas insólitas entre los perdedores de toda la Europa central y oriental que se tradujeron en varios intentos de exportar aquella revolución más allá de las fronteras rusas, en Alemania, en Hungría y en otros lugares, intentos que fueron ahogados en sangre inmediatamente por las potencias vencedoras. Pero la URSS estaba allí y se convertía en una potencia enorme e inesperada, que con su sola presencia trastocaba todos los planes de pacificación de la posguerra y de reparto de los nuevos espacios políticos y de las nuevas zonas de influencia de Europa, un reparto en el que junto a las potencias tradicionales de Gran Bretaña y Francia empezaba a aparecer otra que hasta entonces había permanecido al margen de los avatares europeos, los Estados Unidos de Norteamérica.
Este fue el escenario que el joven Artur London descubrió en su paso de la infancia a la adolescencia. Y muy pronto pasó del descubrimiento a la acción porque el escenario se complicó hasta extremos inconcebibles. Los vencedores de la guerra habían frenado la posible expansión de la revolución comunista, pero no habían sido capaces de levantar las sociedades destrozadas por la guerra en el centro y el oeste del continente. En Alemania se había atajado duramente un intento de revolución comunista pero el país se hundía en la miseria y en la desesperación, sin que los partidos y las fuerzas tradicionales pudiesen impedirlo ofreciendo nuevas alternativas. Y fue aquella combinación de hundimiento y de impotencia la que abrió el camino a la aparición y a la victoria de un nazismo que aparecía como la contrapartida radical del comunismo y como una alternativa capaz no sólo de restablecer el orden y la disciplina en unas sociedades tan traumatizadas sino también de emprender una gran revancha para lavar el honor perdido de Alemania y convertirla en la principal potencia de Europa.
Este es el escenario de la primera parte de la historia de Artur London "y sus compañeros. Creen en la revolución comunista, perciben el peligro nazi y se lanzan plena y abiertamente a la acción. La guerra de España es el primer anuncio de la catástrofe, la primera confrontación abierta entre una democracia frágil y el fascismo y acuden a luchar contra éste enrolados en las Brigadas Internacionales. La derrota de la República española es el prólogo de la segunda guerra mundial y los supervivientes como Artur London continúan la lucha contra el nazismo en Francia o en Gran Bretaña o la URSS o los países del centro y este de Europa ocupados por los nazis hasta la derrota final del nazismo y el fascismo en 1945.
Y entonces empieza otra catástrofe. Los vencedores de la guerra se han unido para derrotar al enemigo común pero saben que también son enemigos y dividen Europa en dos mitades confrontadas. Las antiguas potencias europeas occidentales, exhaustas, aceptan el liderazgo potente de Estados Unidos, mientras el este de Europa, fragmentado en Estados más o menos artificiales, queda sujeto a la órbita de la URSS. Esta intenta imponer en todo su espacio un mismo sistema uniforme, el stalinismo, levemente al principio y brutalmente después, cuando la Yugoslavia de Tito se separa del bloque oriental y los soviéticos empiezan a temer que el ejemplo sea seguido por otros.
El drama de Artur London y sus compañeros en Checoslovaquia es el mismo de otros tantos comunistas de los países del Este que creen en la revolución, que aceptan el dominio soviético porque la URSS les ha ayudado a derrotar al nazismo pero que viven en sociedades no exactamente iguales a la rusa y tienen una trayectoria más cosmopolita y más abierta a la diversidad. La tragedia estalla cuando Stalin percibe el peligro de una ruptura de su bloque tras el ejemplo de Tito y decide sovietizar todo el conjunto. Empiezan entonces los procesos contra altos dirigentes de los países del este, todos con la misma mecánica y el mismo sistema de imputación y destrucción —enemigos infiltrados, espías al servicio de los Estados Unidos, saboteadores y judíos — que reproduce punto por punto el sistema de aniquilación que el propio Stalin utilizó en la URSS en los años 30 contra sus oponentes en la cúpula soviética.
Este es el fondo del asunto. Pero el libro de Artur London va más allá porque desvela con su tragedia personal el método seguido por el stalinismo contra aquellos que el tirano consideraba adversarios, un método que en los procesos de la propia URSS, primero, y en los de Hungría, Polonia y Bulgaria después, se ocultaba bajo la capa genérica de la traición. La narración del día a día, del minuto a minuto es espeluznante, casi increíble por su extrema brutalidad, repugnante por el método y la finalidad, inhumana por la humillación y la destrucción de la persona, aniquiladora de todos los valores de la democracia, como si de golpe desembarcase en pleno siglo XX una nueva Inquisición en la que desaparecían, morían o se convertían en muertos vivientes hombres y mujeres que habían luchado heroicamente contra el nazismo y el fascismo, que creían en un mundo mejor, más libre y más igualitario, que habían sido duramente castigados por ser demócratas y volvían a serlo en nombre de una democracia por la que habían luchado y que de golpe resultaba ser falsa.
El espantoso método de destrucción personal que lleva a Artur London y sus compañeros a la absoluta degradación personal y a la humillación de una confesión impuesta mediante la violencia obliga, por lo demás, a plantear el tema del significado real de un sistema político como el Estado stalinista, tan analizado pero, de hecho, tan desconocido todavía. ¿Era pura y simplemente una dictadura? ¿Era, como tantos creyeron, incluyendo a muchas de sus víctimas, un dificilísimo salto adelante en el duro y complejo camino hacia la igualdad? Este tema, traído y llevado en tantos debates ideológicos de los años más difíciles, saltó en pedazos cuando la caída del Muro de Berlín acabó con la división de Europa en dos bloques, pero de hecho ha reaparecido ante las dificultades con que la Rusia actual se enfrenta para crear una auténtica democracia. Pues bien, el relato de Artur London es, de hecho, una respuesta a estos interrogantes y, tal como lo entiendo, se puede resumir de la siguiente manera: si la revolución de 1917 transformó de arriba abajo los mecanismos de gobierno vigentes hasta entonces y dio entrada en el poder a nuevos sectores sociales de la vieja Rusia, el Estado construido por Stalin se consolidó como una versión modernizada del viejo zarismo. Los mecanismos de acceso al poder político se dilucidaban antes entre los gabinetes que rodeaban al Zar y en el régimen de Stalin lo hacían entre los gabinetes que rodeaban al intocable jefe supremo. Por esto la represión de los disidentes o de los marginados se realizaba con los mismos métodos y la misma violencia. La diferencia entre el viejo zarismo y el zarismo stalinista era que en el primero los represaliados sabían que luchaban contra un enemigo que querían derrocar y, en cambio, bajo Stalin no sólo no sabían contra que enemigo luchaban sino que se hundían considerando a Stalin y al partido que él dirigía como sus puntos de referencia fundamentales en vez de percibirlos como lo que realmente eran, sus verdugos. Como se está demostrando en los avatares de la Rusia de hoy, no era un problema de ideología sino de poder oscuro, enraizado en siglos y siglos de despotismo.
Por todo ello, creo que este libro es indispensable para comprender el significado real del siglo XX antes de que entremos en un siglo XXI que puede ser el de la unidad y la rehabilitación de una Europa descuartizada y castigada por sus rivalidades y confrontaciones. Y digo que puede ser porque no es seguro todavía que este terrible pasado haya sido vencido para siempre. Hoy parece inconcebible que tragedias como la de Artur London y sus compañeros de infortunio se puedan reproducir en el continente europeo, pero estamos viviendo todavía episodios de confrontación racista y chovinista que no están muy lejos de la lógica perversa que llevó al cadalso a tantos demócratas traicionados por poderes dictatoriales. Kosovo está todavía muy cerca de todos nosotros, y un poco más allá saltan las atrocidades de Chechenia y otras más ignotas, mientras en nuestras propias casas estallan racismos y violencias contra personas que se transforman en enemigos por el solo hecho de tener un color de piel o una religión o una lengua diferentes.
Conocer el pasado es fundamental para entender el presente y preparar un futuro de convivencia y de paz. Pero la maldad no ha sido todavía vencida, la tortura no ha sido eliminada, la violencia no ha sido detenida y la razón no ha derrotado todavía a la superstición y a la irracionalidad. De hecho, esto es lo que Artur London nos está diciendo desde el fondo mismo de su tragedia. Y por esto mismo su libro, su vida, sus sufrimientos, su confesión deberían ser casi de lectura obligatoria para remover todas las conciencias y cortar definitivamente el paso a todos los peligros de involución, de discriminación y de violencia.
L Aveu  / Constantin Costa-Gavras



AÑO: 1970
DURACIÓN: 135 min.
PAÍS: Francia
DIRECTOR: Constantin Costa-Gavras
GUIÓN: Jorge Semprún (Novela: Artur London)
MÚSICA: Giovanni Fusco
FOTOGRAFÍA: Raoul Coutard
REPARTO: Yves Montand, Simone Signoret, Gabriele Ferzetti, Michel Vitold, Jean Blouise
PRODUCTORA: Coproducción Francia-Italia
SINOPSIS: Con guión de Jorge Semprún sobre una novela de Artur London, narra las purgas comunistas contra un sector de la izquierda heterodoxa efectuadas en Checoslovaquia tras la Primavera de Praga. (Filmaffinity)
Crítica Filmaffinity